sábado, 14 de mayo de 2016

¿Qué hace una mujer como tú en un lugar como éste?

Solange Rodríguez



La inquietud vino desde el sector delantero de la fila y se extendió hasta donde me encontraba. Cientos de zumbidos, aleteos, chasquidos y vibraciones se dirigieron hacia mí, frustrando mi propósito de pasar inadvertido bajo el disfraz vegetal que estaba usando. El problema de ser humano y también agente viajero es la mala popularidad de nuestra raza. Desde la gran peste no éramos precisamente la especie más querida de la Vía Láctea. El polimorfo que estaba delante de mí en la hilera, se giró y me miró con sus ojos amarillos rezumando asco: “Humano” dijo con un chasquido viscoso de sus valvas y cambió de forma hasta volverse una muralla de escamas. Yo me ruboricé y por ese cambio químico, obviamente, liberé olor. Nada podía hacer ni el tinte verdoso ni la corteza tan cuidadosamente adherida, centímetro a centímetro, sobre mi piel para cubrir ni mis respuestas hormonales ni mi risa nerviosa.
Las carcajadas humanas alcanzan de 60 a 65 decibeles, pero en una de las primeras reuniones del ORBICOP, tras discutirlo (había muchas leyes absurdas que poner para frenar a las especias con más sobrepoblación de esta galaxia), decidió que en lugares públicos los sonidos humanos no podrían pasar de 50 decibeles, por consideración a quienes no tenían tímpanos si no membranas hipersensibles. Una conversación promedio, si es acalorada, puede llegar hasta 70 decibeles. Otra de las reglas tenía que ver con el olor. Aunque la gran mayoría de nuestra raza no había estado enferma, nos obligaban a tomar tres duchas desinfectantes por día. Pero estar en la situación en la que yo me encontraba: a punto de tomar un arca rumbo a la Galaxia Enana del Sextante, para emprender un viaje largo con miles de extraterrestres, era para ponerse a dar de gritos y sudar a chorros. “El silencio te permite escuchar la música estelar,” decía el ORBICOP a manera de consuelo. Pero nosotros no poseemos ni la telepatía ni la epidermis sensible de los proteicos, los energéticos o los polimórficos. Para nosotros las estrellas son millones de lucecitas silenciosas colgadas del cosmos, interesadas en adquirir el único bien humano que no pudo ser erradicado por el ascético sistema ORBICOP: las bacterias. Los humanos tenemos millones de bacterias en nuestro organismo. Somos un campo fértil de vida, y no hablo de los elementos patógenos; hablo de recursos tan cotidianos como la saliva o la producción de otras membranas y sistemas que cualquier organismo sano secreta, abundantemente, sin saber del tesoro que lleva dentro y de cuánto puede costar en el mercado negro. Las bacterias humanas, generan fermentos y otras enzimas que para ciertos paladares monstruosos pueden resultar exquisitas. Han sido también un elemento esencial para crear armas biológicas en la guerra entre planetas. Esa sí, la guerra, no fue solamente una invención nuestra. En toda forma de vida existe también el germen del enfrentamiento. El virus más poderoso atacará al más débil, así está escrito. No nos sucedió solo a nosotros; sigue pasando secretamente, solo que algunos humanos, a cambio de ciertos beneficios, hemos decidido proporcionar la materia prima. Visto desde ese ángulo, hemos resultado ser, de veras, una raza perniciosa, devastadora y prolífica
Que el ORBICOP nos haya quitado el planeta Tierra para sanarlo después de la peste, como quien hecha de su casa a los malos inquilinos, ya fue insultante, pero el decreto de separar hombres de mujeres y colocarlos en colonias productivas hasta “recuperar la mente” de las secuelas de la enfermedad y la muerte, nos recordó a todos lo que hacen los vencedores de la batalla final con los vencidos: lo que les da la gana. Únicamente los limpios pueden salir y rehacer su vida. Conseguir una hembra sana, sembrar tierra artificial, hacer colas más largas que ésta para llenar una solicitud de fertilidad y esperar que la aprueben antes de cumplir 90 años, dándose las duchas inmunológicas cada día para asegurarse de que sigue limpio, pero vamos, ¡somos humanos! ¿Quién puede estar del todo limpio? Otros nos hemos saltado ese paso y traficamos con lo que tenemos. La vida se abre camino. Conseguimos a cambio de algo tan simple como tubos de lágrimas, piezas gratis en los hoteles y, por unos centímetros de cabello, acceso a hembras artificiales, damas de viaje que se reservan justamente para huéspedes que siempre hacen largas travesías, como yo. ¡Quién diría lo atractivas que resultaron las formas de las muchachas humanas a los ojos de otras especies de la galaxia! Tienen gran demanda, entonces. Para separar la noche entera, toca dar algo más: recortes de uñas, algunas pestañas... Hay madrugadas en las que me despierto y miro a través de de la bóveda trasparente que tienen los hoteles en su último piso —casi siempre pido esas habitaciones; soy un romántico— e imagino que la mujer que está a mi lado no es una mezcla de pelo sintético, vinilo, silicona y líquido temperado, si no una real, de esas que se niegan a lo que le pides e incluso te pueden devolver un golpe si te pones violento. Una hembra de verdad. Pero son anhelos normales e imperfectos. Honestamente, no quiero la tierra ni el hijo. O al menos eso creo. Le sirvo más al ORBICOP de este modo. A alguien tiene que perseguir.
Entonces la vi. Avanzaba lenta y apretadamente, con el resto del ganado espacial en la fila que salía del arca. Para haber realizado un viaje de 36 meses, lucía serena. Ni rastros de la alteración ocular que dicen que se sufre por permanecer dentro de la penumbra de las cápsulas. Al igual que yo, había intentado camuflar su naturaleza humana con otro de los disfraces más usuales: el mineral. Pretendía ocultarse tras el cuarzo y la bakelita de los mutantes de tierra con idénticos resultados a los míos: un fracaso estrepitoso que era sancionado con abucheos y gruñidos de sus compañeros de fila. El pleyadiando que se encontraba a sus espaldas sufría de arcadas porque el sudor humano, ácido y salino, resultaba insoportable para sus apéndices olfativos. Y allí estábamos. Dos repudiados sociales que se encuentran en el medio de una estación de paso, perdida en una estrella de nombre impronunciable para nuestras cuerdas vocales ¿Quién era ella? ¿Por qué se ocultaba? ¿Alguna vez fue de los limpios? ¿Ya había sido adquirida? O quizá era de las otras, de las que tienen suficientes recursos para poder adquirir y, entonces, son ellas las que van a las colonias a elegir especímenes masculinos que puedan fecundarlas. A todos nos hicieron poner en hilera alguna vez. A éste, sí; a éste, no. Y era una bella hembra. Sana, de ojos y músculos firmes. Lo supe porque un hombre sabe esas cosas aunque la mujer estuviera oculta detrás de una cortina de acero o tras kilos de material rocoso, como ésta. Utilicé los viejos métodos: le clavé la mirada, intenté un silbido… todo inútil. Era como si yo no existiera. Quizá mi disfraz no lograba engañar a ninguno de los pobladores de la fauna espacial, pero sí a las humanas. Y a medida que se acercaba, la captaba en el aire: la densidad de su cabello, el movimiento de la saliva al pasar por su garganta y no únicamente eso, sino otras funciones mucho más íntimas como el ritmo nervioso de su sangre al salir de su corazón y extenderse por todo su cuerpo caliente. Y bueno, por algo perdimos todas las batallas. Nunca hubo posibilidades reales de ganarlas, pero en los campamentos nos repiten que las perdimos porque nuestra especie primero actúa y después, piensa. Pasión, la peor cualidad humana según el ORBICOP. En un inicio se armaron debates, liderados por los románticos, sobretodo. Yo me defino, enfáticamente, como uno, aunque la agrupación ya se haya disuelto hace mucho, acerca de las consecuencias positivas del arrebato, el arte, el sexo, el buen azar. Pero los cultivadores de la prudencia eran muchos y más eran, aun, los temerosos. Por algo perdimos las batallas, me dije cuando ya la había tomado del brazo. Mi rama atrapó su cintura fría, el momento en que pasó junto a mí y le hablé. Primero en italiano, el que dicen es el lenguaje del amor. Después en mandarín, en español, en ruso y en el dialecto universal del ORBICOP. En cuanta lengua sabía y se me ocurrió soltar saludos y frases sacadas de diálogos de película. Ella permaneció cabizbaja pero con los ojos vivísimos, atenta a los movimientos de la fila que ya congelaba sus pasos, que ya lanzaba voces guturales, ululares y alaridos porque dos humanos se habían tocado, y sus bacterias, sus peligrosas bacterias, empezaban a reproducirse de manera parasexual, conjugándose y bipartiéndose hasta, posiblemente, infectar la estrella y esa parte de la galaxia. Entonces, ambas filas del arca, la suya y la mía, rompieron en estampida, pisoteando, aleteando y dando saltos para ponerse a salvo de nuestro nefasto encuentro, y ni la voz neutra de uno de los vigilas del ORBICOP, que intentaba poner en orden desde los parlantes, pudo tranquilizar el pavor general de que de nuestro contacto nacieran millones de bebés humanos. Ella alzó su rostro de piedra y, por la forma alargada que tomaron sus ojos tras la falsa máscara de cal, me sonrió. Antes de que vinieran guardas estelares y médicos a someternos a un coctel intensivo de vacunas y enjuagues de alcohol que retrasarían nuestros vuelos y planes por quizás un par de años, juro que esa mujer soltó una risa suave y sonó como la mejor música que podía haber escuchado en la vida, mucho mejor que la sinfonía estelar a la que el ORBICOP aconsejaba estar atento. Muchísimo, muchísimo mejor.

SOLANGE RODRÍGUEZ 
Solange Rodríguez (Guayaquil, 1976) Gestora cultural, cronista y docente universitaria. Ha publicado cuatro libros de cuentos de tono fantástico y extraño: Tinta sangre (2000); Drakofilia (2005); El lugar de las apariciones (2007) y Balas perdidas (2010). También, tiene estudios en Literatura posmoderna y microrrelato, siendo antologadora del tomo de minificción Ciudad Mínima (2011).



sábado, 26 de diciembre de 2015

"EL MECANICO"

2da. Mención, categoría Género Ciencia Ficción, I Concurso Equinoccio Ecuatoriano de Ciencia Ficción.
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Antonio José Zapater Cardoso. (Quito -Ecuador)
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Sentado en el viejo y maltrecho banco de madera, ajusta firmemente la última tuerca del panel. Sus dedos acarician la superficie y los labios forman una mueca al comprobar que el trabajo casi ha terminado.
Las recias paredes del armario metálico se interrumpen por la gran abertura rectangular que permite el acceso hacia los controles y la pantalla luminosa. Dentro, figuras cambiantes y multicolores parecen responder a la proximidad del hombre y sus movimientos.
La cara afilada, el cabello desordenado que le cae sobre la frente y el aspecto desaliñado, como de vagabundo, ocultan su verdadera edad que bien podía haber sido de treinta o cuarenta años. Se siente orgulloso de su máquina, es la mejor de todas las que ha construido en el oscuro taller, donde solo él tiene acceso. Pronto, al igual que con las otras, encontrará un sitio estratégico de la ciudad donde colocarla…
Tanto como su memoria podía recordar, de niño jugaba con cosas que no eran juguetes y que desarmaba hasta desparramar sus piezas por el piso. No lo hacía por maldad sino por una urgencia y una curiosidad que ni las reprimendas, los castigos, o la terapia, pudieron detener.
Era raro, lo sabía, y sin embargo sus motivaciones y necesidades respondían solamente a una cosa, que poco a poco fue tomando posesión de su mente sin que nadie pudiese hacer nada al respecto. Con el tiempo, un acuerdo tácito con la familia terminó por recluirlo en el sótano, donde actuaba a gusto entre los objetos destrozados y los que traía desde el basurero.
Apoyado en la penumbra, el hombre recuerda el recelo supersticioso que demostraban los dueños de los lugares donde colocaba sus máquinas, las que atraían rápidamente la atención de sus clientes mediante figuras multicolores y sonidos extraños que se fusionaban en una mezcla única y personal, susurrando mensajes incomprensibles y provocando emociones desconocidas e inquietantes.
Ocultándose de las miradas ajenas, como si hubiesen encontrado un secreto prohibido e irresistible, las personas volvían una y otra vez para jugar. Eso era todo lo que les importaba.
Su breve paso por la universidad le permitió adquirir los conocimientos necesarios para trabajar el metal y aunque muchos valoraban su talento, lo tildaban de excéntrico y obsesivo.
Tarde, regresaba al hogar y luego de cenar bajaba al sótano, donde las luces parpadeantes, los destellos de la soldadora y los sonidos de las herramientas duraban hasta altas horas de la noche.
Un día volvió temprano con los ojos muy abiertos y los puños apretados, un gruñido irreconocible salía de su garganta, como de animal. Lo vieron subir las escaleras y entrar a su cuarto, esa noche no comió ni fue al taller.
Nunca regresó a clase y por varias semanas se limitó a comer y a dormir, sin responder a las preguntas ni dar explicaciones a nadie…
Termina de revisar cuidadosamente los sellos, pues aún se escuchan leves chirridos en el interior, súbitamente, empuña una perilla en la tapa trasera y golpea con fuerza, haciendo un movimiento de vaivén contra alguna parte del fondo mientras maldice en voz baja. Los ruidos cesan. Deambula sudoroso entre los objetos herrumbrados y polvorientos, donde la única luz proviene de las sucias lámparas fluorescentes que cuelgan del techo. No es fácil para él acostumbrarse a los sonidos que hacen sus artefactos. Siente un breve remordimiento, como una bofetada. Avanza hacia el tanque de ácido donde comprueba que su contenido está casi listo, luego añadirá el bicarbonato y escurrirá todo por el desagüe.
Al principio construyó armatostes, bastas esculturas inservibles hechas de ruedas, engranajes, latas, varillas y otras piezas metálicas soldadas entre sí, luego fabricó máquinas de juegos, con palancas, sonidos y luces parpadeantes; finalmente, extraños muebles con cajones que se abrían de manera especial y puertas con compartimentos ocultos. Pero a menudo, en medio de gritos, lo destrozaba todo para recomenzar el trabajo, una y otra vez, mirando sin mirar con sus ojos enormes y sanguinolentos, como en un trance…
Cuando realiza el mantenimiento a cada máquina, en el sitio en el que esté instalada, procura estar solo y de noche para evitar que alguien se aproxime inesperadamente mientras él manipula los extraños cajones del aparato. Sabe que el insólito y breve olor que se escapa al abrir los sellos, podría atraer peligrosamente la atención y la curiosidad, no obstante también obtiene de esta manera, una prueba indudable de que la máquina aún vive y que al aproximarse su final, funcionará cada vez mejor…
La solución, si es que la había, estaba mucho más allá de lo que su limitada ciencia e ingenio podían resolver. Entonces, por casualidad, leyó en un libro la historia del ajedrecista turco del siglo XVIII y con esto en mente, dio forma a su idea. Luego de realizar las adaptaciones necesarias, publicó el anuncio: “Se requiere hombre de hasta un metro con veinte centímetros de estatura, buena paga, informes…” En corto tiempo, el colaborador elegido, un sujeto de aspecto vivaz, recibió la propuesta con entusiasmo y asombro. No tardó en aprender el funcionamiento de los controles y habituarse a su uso. Cómodamente instalado en un diminuto nicho, permanecía largo tiempo aislado del exterior, con sus necesidades básicas cubiertas por un depósito de agua, otro de comida, y un procesador químico de desperdicios sobre el cual iba convenientemente sentado. Al terminar cada jornada, salía del aparato con la ayuda de su jefe para descansar y repetir la operación, temprano, al día siguiente. El oscuro armario metálico funcionaba en un escogido rincón del mercado, apoyado en una puerta.
Empuja la máquina y la hace girar hasta situarla cerca de la luminaria que pende del techo. Observa la pantalla y manipula los controles para iniciar una prueba. En seguida, una ola de color amarillo aparece flotando en medio de un paisaje azul y se divide en innumerables fragmentos que escapan como mariposas mientras una extraña melodía incita al jugador a seguirlas; al mover la palanca, todas se transforman en gotas que lentamente llueven sobre un lago. Una sensación de desasosiego invade su conciencia y percibe con claridad el mensaje que brota del fondo.
Desde que la primera máquina funcionó con la ayuda de una persona y con las mejoras que siguieron, el nexo fue haciéndose cada vez más fuerte, reemplazando la operación voluntaria y consciente del operador por la detección y procesamiento automático de las emociones mediante una red de sensores que cubría completamente el cuerpo. Se registraba el pulso, el sudor, la dilatación de las pupilas, el ritmo respiratorio y otras variables que se convertían en sonidos e imágenes para la persona que jugaba al otro lado. Al mismo tiempo, varias cámaras y micrófonos permitían mirar y escuchar todo lo que pasaba en el exterior de la máquina.
Ha terminado de añadir el bicarbonato, afloja el tapón del desagüe de la enorme tina y el oscuro jarabe se escurre con un gorgoteo maloliente por la cañería. Incluso los huesos más pequeños se han disuelto.
El ruido vuelve, e incluso aquí, en este ambiente silencioso, solo se escucha un quejido lejano.
El escalofrío que siente, penetra hasta el interior de sus huesos sin que pueda evitarlo…
El descubrimiento principal se produjo por accidente el día en el que el ayudante estaba enfermo y tuvo una crisis en el interior de la máquina, la que durante algunas horas funcionó como nunca lo había hecho. De acuerdo a varios testigos presenciales, la gente se agolpaba alrededor del aparato, asombrada por efectos de intensidad y realismo nunca vistos hasta entonces y que finalmente desaparecieron.
Cuando el armario fue abierto mas tarde en el taller, el mecánico comprobó que el operador había muerto. Al mismo tiempo supo que estaba condenado sin posibilidades de volver atrás, nunca.
Cuando el nuevo ayudante se ubicó por primera vez en el asiento dentro de la estructura, también fue la última. Sus gritos casi no se escucharon, tampoco sus ruegos, y sus quejidos fueron ignorados. Poco a poco, el infeliz aceptó su suerte esperanzado en la liberación prometida. Amaestrado por el encierro y el temor a los dolorosos piquetes que le daban con una varilla, hacía funcionar la máquina mediante su sufrimiento, y día tras día, trataba desesperadamente de comunicarse con los usuarios a quienes veía y escuchaba claramente, pero que nunca notaban el angustioso y desesperado pedido de ayuda, escondido en el juego que cada vez funcionaba mejor.
Su carcelero le llevaba, periódicamente, el agua, la comida y también recogía sus desperdicios mediante un hábil sistema de cajones intercambiables.
Hasta que el ingenio dejó de funcionar.
Ya en el taller, abrió la compuerta y la pieza principal del mecanismo cayó inerme, como una bolsa llena de huesos diminutos y deformes. Entonces utilizó el ácido del que había hecho enorme provisión.
El negocio prosperó. De vez en cuando, se puede ver, formada a su puerta, una larga y ordenada fila de gente pequeña.



lunes, 21 de diciembre de 2015

BOTONES ROTOS

Botones Rotos, por Omar Chapi


III Lugar de Ciencia Ficción en el concurso literario 
EQUINOCCIO 2014  de Ciencia Ficción y Fantasía

Si antes hubiera visto mi auto; tal vez, no me habría dado esa negativa. El servicio mecánico hizo de mi vieja chatarra rodante una verdadera joya; sin dañar el diseño clásico, incorporó los beneficios de lo más moderno en biomecánica y psicocinética; lo mejor de todo, es que no costó una fortuna como muchos creen; hoy en día, la tecnología es más barata; además, con un poco de suerte se contacta un buen contrabandista y los costos pueden reducirse incluso a menos de la mitad.
Tengo que ensayar el breviario para la puesta en escena de mi última obra sinfónica; así que, si desea aún puede acompañarme, insistí.
De todos modos, sabía que no vendría. Subí al auto y de inmediato sentí al nuevo versor de energía psíquica de conexión automática adherirse a la base de mi cráneo proporcionándome una caricia deliciosa que relajó todas mis tenciones. Sin pérdida de tiempo, eché mano de mi mejor fuente de pensamientos, el madrazo contra el planeta de aquella pobre chiquilla desquiciada en busca de la muerte a bordo del moderno ascensor del edificio de apartamentos donde era mi vecina y los motores del auto rugieron, con la energía suficiente para dar un par de vueltas la ciudad entera. Era un cuadro realmente horrible; pero, debido a algún sentimiento sublime oculto en lo más profundo de mi psiquis, producía energía de la mejor calidad, de baja emanación ideológica, que reduce al mínimo la contaminación psíquica y resuelve mi apatía imaginativa. Realmente, una maravilla.
Sin embargo, no es que la gente de este tiempo no muera, si eso es lo que está pensando; pero, no hemos visto un suicidio en más de quinientos años, por lo que es probable que usted no sepa de lo que estoy hablando; no obstante, ésta es una de esas cosas para las que el sistema no ha encontrado una solución y prefiere mantenerlo en secreto; si bien, con el alargamiento de la vida, la naturaleza perdió la potestad de aplicar la selección natural a las especies, las deficiencias contenidas en la cadena genética no han podido ser eliminadas, incluso con la separación de las personas incapaces de generar pensamientos evolucionados, armónicos, bonitos, un día aparece por ahí, un individuo de no sé qué genes neuronales rebeldes y pone a prueba el delicado equilibrio social establecido; como es conocido: todo, absolutamente todo lo que tiene que moverse, es impulsado por la calidad sublime de los pensamientos, lo cual es perfecto, si tenemos presente los problemas de contaminación de la era del petróleo, que puso en serios peligros la permanencia de la vida en el planeta.
El locutor de radio táctil anunciaba el pronóstico de arquitectura climática para los próximos cincuenta años, cuando aparqué el auto en las afueras de la Sinfónica Gustativa Nacional. Me sentía algo nervioso, no sabía cuánto aire en los pulmones iba a necesitar para lograr el silencio de los tonos altos, que eran mi fuerte; aunque para aquellas horas, normalmente suben las mareas eólicas, persistía el riesgo de un cambio en el itinerario lunar, lo cual terminaría por arruinar definitivamente mi espectáculo; resignado eché un vistazo a la gótica construcción, las puertas aún estaban cerradas, lo que me daba un pequeño espacio de tiempo que aproveché para revisar la prensa virtual acumulada durante semanas en el asiento trasero de mi auto.
Como era de esperar, todos los rotativos, en su edición del aciago día del suicidio, traían en su primera plana una foto táctil del ascensor siniestrado; sin embargo, algo extraño giraba en torno al fatal suceso. Los medios especulaban sobre las posibles causas del accidente, incluso proponían soluciones mentales preventivas; un curso intensivo en la Escuela de Imágenes Puras, para la obtención del permiso de manejo de pequeñas cantidades de energía psíquica, era la solución con mayor apoyo en la Asamblea Nacional; sin embargo, nadie hablaba de la pobre chiquilla desquiciada que osó buscar la muerte entre aquellos hierros retorcidos.
Si aquel día, no bajé al sótano a confirmar el terrible desenlace, fue porque me causa horribles lesiones nerviosas ver un cuerpo femenino destrozado. Pero, yo mismo acompañé a esa pobre infeliz en su viaje suicida, hasta el cuarto piso del edificio, donde, tras penosas negociaciones, me dejó salir de la cabina y se despidió balanceando la mano y esbozando una parodia de sonrisa sin mostrar los dientes.
Como todos parecían ignorar los pormenores del terrible suceso, decidí llegar al fondo del misterio por mí mismo. Tengo un amigo en Arqueología Criminal, que me debe unos favores; así que, inventé un pretexto para llamarlo y conseguí una cita. El único inconveniente era que debía llegar a su oficina en menos de quince minutos, un tiempo exiguo considerando que me encontraba a media ciudad de distancia, lo cual significa, por lo menos medio día de viaje en auto por la carretera de alta velocidad; pero, tomaría el tren biolumínico; indudablemente, una joya tecnológica al servicio de la ciudad, que en condiciones normales reduce ese tiempo a una setentaidosava parte, viajando por vías de pensamiento puro, lo que resolvía el problema.
Llegué caminando a la estación. Deslicé mi tarjeta de viajes rápidos sobre el ojo ultrasensible y una ligera puerta de material abstracto se abrió, dejando conectado el mundo material con las amplias autopistas del pensamiento.
El tren era una verdadera obra maestra de tecnología síquica, su moderna estructura elaborada en láminas de aire condensado, lo hacía súper ligero, cómodo y veloz. No supe en qué momento atracó al andén, pero subí y me acomodé en un asiento, junto a un hombre que parecía dormir con los ojos abiertos; de inmediato, una emanación mental me dio la bienvenida, además de estrictas medidas de seguridad para el viaje; las recibí con atención, luego aprovechando el mismo canal psíquico di las gracias, indiqué mi destino y nos internamos velozmente en aquel mundo casi irreal.
No tardó un segundo y el paisaje tomó la forma indefinida y dolorosa de mis pensamientos, en un instante cruzaron millones de imágenes, escenas terribles y momentos hermosos se asomaban a la mágica pantalla de mi mente, hasta que volvía ante aquel ascensor cayendo a una velocidad vertiginosa, llevando como pasajero a una hermosa dama que buscaba morbosamente el mortal deleite del aterrizaje, cerré los ojos en un intento desesperado por huir de la terrible imagen que me acosaba, pero fue inútil, hacia dentro se proyectaba la misma escena; entonces, sentí tanto miedo, que por un momento creí que moriría; afortunadamente, entró en funcionamiento el controlador psíquico, que anuló mis pensamientos y me indujo una película maravillosa destinada a hacer de mi viaje, cómodo y placentero. Eran las ventajas de confiar en el sistema.
Llegué cinco minutos antes a la cita. Arqueología Criminal era un verdadero complejo arquitectónico, que combinaba armónicamente el hormigón armado con estructuras de polifibra plástica, lo que le daba una versatilidad única y moderna; además, sus instalaciones contaban con tecnología que reproducía las mejores comodidades para guardar y estudiar todo lo que podía presumirse como evidencia del cometimiento de un crimen, entre las que se encontraba una extensa colección de virus letales utilizados en diversos genocidios comerciales, en un tiempo en el que no importaba la vida humana, con tal de acumular una fortuna.
En la recepción, me atendió una hermosa chica cuyo versor psicodélico en pluma artificial de versingetorix de Madagascar, solo había visto colgar con tanto garbo casi ausente del lóbulo de la oreja derecha de la chiquilla desquiciada, de cuyo hermoso cuerpo, a esa hora debían estar dándose opulento festín la flora y la fauna macrófaga del cementerio. Me saludó amablemente y me guió por un pasillo.
Cruzamos varias puertas que obedecían sus órdenes psíquicas. Resultaba curiosa la destreza con que manejaba la tecnología; pero claro, a la juventud siempre le va mejor con estas cosas.
– Doctor, su amigo – anunció, al llegar.
Él, regresó a ver frunciendo el ceño y echando sus ojos profundamente verdes, sobre el grueso lente de los anteojos.
– ¡Mi gran amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte! – Exclamó emocionado, mientras su mirada de ave de rapiña me escrutaba como a una de sus preciadas piezas arqueológicas.
En realidad, no logramos entablar un verdadero dialogo, siempre que tenía una genial idea para romper el hielo, alguien venía a interrumpirnos. Así recorrimos varios recintos y salas de laboratorio, hasta que por fin, llegamos al área de ascensores; el mío estaba hecho un solo manojo de chatarra inservible, lo cual evidenciaba la violencia del madrazo. No iba a ponerme feliz al confirmar el deceso de aquella pobre chica, pero me sorprendió no encontrar siquiera un gota de sangre, un pelo o lo que sea, que confirme el horrible acto de muerte. Las evidencias eran contundentes, razón los medios no hablaban del suicidio.
Evidentemente sorprendido, pregunté que habían hecho con el cuerpo de la mujer.
– Hasta ahora, nadie ha hecho esa pregunta – contestó, escondiendo sus manos huesudas en los bolsillos del impecable mandil blanco gravado con el logo de la institución en hilos azules sobre el pecho. – La chica realmente no ha muerto.
– ¿Cómo? ¿Quién puede sobrevivir a semejante caída? El ascensor esta hecho trizas.
– Aunque no lo creas, ella aún anda por ahí, haciendo travesuras – afirmó, con un gesto mórbido en su rostro.
– No logro entender – insistí, – esas cosas no ocurren ni en las mejores películas de ficción.
– Para nosotros es la vida real – aseguró, – es lo que hacemos todos los días, los que por nuestros pensamientos poco evolucionados, poco bonitos, malsanos, hemos sido excluidos por el sistema. No dejamos que éste nos mate, nosotros lo matamos a él. Así que, lo que viste es una prueba de nuestro último descubrimiento en tecnología transportativa.
En ese preciso instante, todo yo era un signo de interrogación. No lograba encontrar la lógica que se supone debe haber en las cosas. Él, volvió a sonreír con aquel gesto mórbido, que más bien parecía ser una condición natural de su sonrisa; pues, aunque era un secreto de dónde sacó los bigotes azules, resultaba evidente que el implante había degenerado el labio superior, a tal punto, que al sonreír su rostro adquiría una apariencia siniestra.
– Existe un portal secreto, una ventana de escape, a través de la cual viajamos a grandes distancias, en cuestión de segundos y con solo pulsar un botón –, aseguró, levantando la cabeza y sacando pecho, como un pavo orgulloso del gusano que acaba de desenterrar.
Por un momento creí lo que decía, aunque no tenía clara la idea; sin embargo, cuando intentó su solemne explicación de su invento, pensé que se había vuelto loco, probablemente el trabajo en Arqueología Criminal a semejante ritmo, había dañado por completo sus neuronas.
– Puedes viajar a través de él – concluyó triunfante, colocando frente a mí, sobre la mesa, un moderno teléfono celular. – Para mover los otros inventos, utilizamos energía solar.
¿Qué estaría pensando él, que me iba a montar en ese pobre artefacto para averiguar si vuela como las escobas de las brujas del Medioevo? Definitivamente no estaba para bromas; así que, abandoné el recinto sin despedirme, dejando a mi gran amigo envuelto en sus terribles delirios. Era una pena perder un gran profesional, pero en ocasiones hay que dejar que la naturaleza haga su doloroso trabajo, pensé.
Llegaba a la estación, cuando sonó mi teléfono celular. Era él, sin duda quería disculparse por el mal rato, así que decidí contestar, pulsé el botón para abrir la conexión electrosensorial; pero, vaya susto; de repente, surgió una luz azul intensa, como la que produce un fósforo al inflamarse, aterrado arrojé el artefacto al piso y lo miré rodar encendido; entonces, de la nada se abrió un túnel casi imperceptible en medio de todo lo existente; no sé, ¿por qué?, nadie más lo vio, a esa hora en que la estación estaba llena de gente; lo cierto es que llegó, cruzó el umbral en una leve burbuja de tiempo, había burlado todas las barreras conocidas por el hombre y por la ciencia.
– Santo Tomás pecó de lo mismo –justificó, al llegar o más bien, al salir o lo que sea, del aquel portal que se cerraba a sus espaldas. – Yo también me resistí a creerlo, hasta que lo miré con mis propios ojos.
No sé explicarlo, pero me temblaba el cuerpo, incluso con los últimos avances tecnológicos era totalmente imposible. No lo podía creer, aún cuando ocurrió ante mis ojos.
Recuerdo, regresamos al edificio, donde volví a ver a esa mujer. Si, la recepcionista. Razón me resultaba tan familiar. La miré entrar en la sala y sin palabras, todo quedó explicado. Ahí, de pie ante mis ojos impávidos por la sorpresa, tenía a la dulce chiquilla que yo buscaba entre los muertos.
Con todo eso que sucedió aquel día, no me pierdo un partido de fútbol, nunca en mi vida había entrado gratis a tantos espectáculos públicos; aunque, a veces siento miedo, nadie sabe lo que sucedería si se cierra el portal, estando uno adentro.
Por lo demás, todo está bien; ahora, uso menos el auto y ya no tengo que torturar mis neuronas buscando un pensamiento excelso para ponerlo en marcha, excepto cuando voy al mercado, nadie ha podido explicar, por qué en aquel lugar no haya señal telefónica, aún estando bajo la antena repetidora.
Ayer volvió a caerse un ascensor, los noticieros hablan de un usuario ebrio; es extraño, sin embargo, nadie ha visto el cuerpo del suicida.
A propósito, acaban de habilitar mi nueva línea telefónica, ¿puedo hacerle una llamada esta noche?