martes, 6 de octubre de 2009

YACHAK

La montaña entera se crispaba, desde su más mínimo terrón hasta la más rotunda de sus rocas. Su matriz, de tierra comprimida por los siglos, se erizaba en un escalofrío intolerable.
Escalofrío. Calor y frío juntos. La fuerza, la unidad y la armonía abandonaban la tierra. En su lugar, un malestar, una evidencia de daño se apoderaba de las cosas.
El Yachak lo sabía. Su cuerpo presentía la alteración del cerro, húmedo y tibio en su cumbre que debía estar helada, y de las quebradas por las que, en vez del aire frío que debe ventilarlas, corría un viento cálido y malsano.
En la penumbra de la choza, acostado sobre el suelo y cubierto con su viejo poncho azul, José Sánchez, el anciano Yachak, sentía el mal del mundo. Lo veía reflejado en los rojos y diminutos ojos de decenas de cuyes que, acurrucados cerca de las paredes e inmóviles, lo miraban hipnotizados.
Su hijo y aprendiz dormía junto a su esposa. La melena de su nuera, negra y tupida, brillaba rojiza con la luz del fogón. El techo de la choza ocultaba en sus sombras las vigas que sostenían la cubierta de paja y los distintos objetos que colgaban de ellas. . .
En el sueño inquieto de su hijo, José Sánchez percibió que, aunque aquél captaba, el desajuste, aún no tenía la experiencia suficiente como para sufrirlo en toda su magnitud. Él sí lo sentía. Era viejo, había sido coronado como Yachak por un gran hechicero de la selva hacía tanto tiempo que su propia vida le parecía, a veces, una leyenda. Por eso sentía.
Lo había despertado la tensión de la pachamama (madre tierra) sobre la que descansaba su cuerpo. Sin hacer un solo movimiento puso todos sus sentidos alerta. Su pulso, sin conseguirlo, trató de acoplarse al del suelo. Abrió los ojos. En apariencia todo en la choza estaba bien, sin embargo, el desajuste de las cosas era tal que el mal se aposentaba en paredes y objetos, con el peso de una piedra negra y nociva.
Permaneció así durante un largo rato. Su hijo sudaba agitándose en un sueño febril; respiraba con dificultad, como si sus pulmones se revelaran. La mujer despertó asustada. Al mirar los ojos fijos de su suegro y el desasosegado dormir de su marido, recogió las piernas apoyándose contra el cuerpo tembloroso de su hombre.
Churi (hijo) –la voz del Yachak, grave, tensa, llenó la habitación– Churi, jatari. ujtiajatari, (Levántate, rápido.)
Lluntu, que también era Yachak, despertó a la voz del padre. Sin mover músculo, sin abrir los ojos ni cambiar de posición, empezó a interrogar a su cuerpo sobre lo que le rodeaba. Desconcertado por sus sensaciones, se incorporó para mirar a su padre.
–¿Yaya, pachamamaca ungushcachu? (¿Padre, la madre tierra esta enferma?) –Su propia pregunta le aterrorizaba.
–Ari. ungushcata hapinimi (Sí, siento la enfermedad.).
La mujer empezó a llorar en un falsete sostenido y desesperante, al tiempo que pronunciaba palabras incomprensibles y balanceaba su cuerpo.

La nave, como una alimaña enloquecida y diminuta, se internaba más y más en secciones poco conocidas de la galaxia. El piloto intentaba controlarla. Su mente; anegada por la marea fría y pastosa del temor, conservaba destellos de dolida lucidez.
La nave oblonga, luminosa y de apariencia pétrea, se proyectaba en la sección más apartada de la galaxia. Hendía el espacio, veloz y crispada, como un perseguido ser vivo. Eso era. En su interior, sus tripulantes compartían con ella el terror de ser presas de fuerzas inmensas, solo comparables con el destino o a la muerte.

Los diminutos TSKZZ de Orkyyun, pasajeros de la asustada nave viviente, eran seres en continua mutación. La voz les salía de las patas, los instantes en los que su cerebro se constituía en las células de sus ocho extremidades tubulares, o del verde cuerpo bulboso, cuando su mente reposaba en él.
Su sociedad era una de las más exactas y programadas del Universo. Eran expertos constructores de máquinas que, dotadas con las características de la vida, mezclaban células, moléculas, unidades electrónicas y fluidos subatómicos.
Entregaban el control de su existencia a sus creaciones, cuyas mentes seudoartificiales gobernaban su sociedad, sus viajes comerciales, sus tratados de intercambio tecno–económico con otras civilizaciones de la galaxia y su reproducción telepático genética.
En el universo de los TSKSS todo estaba controlado, cronometrado, medido. Todo, hasta que EL MIEDO los dominaba. Era una emoción, un estertor, un palpitar agónico en todas las células de sus cuerpos, que se extendía por los conductos bioelectrónicos de sus naves y en los cerebros seudoartificiales de sus computadoras.
Cuando EL MIEDO las atacaba nada podía salvarlos. Naves y tripulantes, poseídos por el mismo frenesí, se disparaban hacia lo más intrincado de la galaxia hasta desaparecer. Siempre había sido así. Siempre sería.

Había luna y, según lo comprobó Lluntu al mirar su reloj, aún no eran las diez. En el cielo despejado se veían con claridad el perfil curvo y plácido del Cotacachi y la mole irregular, opresiva y blanca del Cayambe.
La choza del Yachak estaba construida en la parte alta de la comunidad; mirando hacia abajo, se observaban las pequeñas sombras de las demás chozas diseminadas por las laderas del Mojanda.
El joven miró a su padre quien, inmóvil, auscultaba a la luna para tratar de comprender lo que sucedía. Su rostro ancho, de rasgos fuertes y nariz ganchuda, no tenía expresión alguna. Con el poncho sobre los hombros, fornido, de pequeña estatura y azulado por la luz de la luna, parecía una antiquísima escultura de piedra.
–¿Imatae rurashull, yaya? (¿Qué haremos, padre?)
–Fajehaman rigri.nehie, rumicunata tapimgapae (Iremos a la cascada para preguntar a las piedras).
Momentos después, padre e hijo se encaminaban, siguiendo imperceptibles senderos, hacia la cumbre de la montaña, hacia la cascada mágica de Peguche. Llevaban, en un morral, los objetos sagrados con los que el Yachac interrogaría a los espíritus.

El piloto, en un último y doloroso esfuerzo, aproximó su nave hacia el ecuador del planeta que tenía más cerca. Una atmósfera, básicamente de oxígeno, y nubes de agua condensada le ocultaban la superficie. Pronto su visión se aclaró, su capacidad perceptiva se acostumbraba en instantes a las nuevas condiciones de visibilidad. La escasa luz de un satélite iluminaba tres montañas gigantescas hacia las que se dirigía la nave, ya casi sin control.

Sobre un mantel blanco, el Yachak había dispuesto sus piedras en las posiciones exactas. Cada una estaba a la distancia debida de las demás, entre todas reproducían el mundo y las fuerzas que lo constituyen. Tenía obsidianas, cuarzos y rocas comunes, algunas eran romas piedras de río, otras mostraban sus aristas sin transformación alguna, unas pocas dejaban ver en sus contornos la huella del trabajo humano que había remedado en ellas, de manera tosca, hombres y animales. En el centro del mantel brillaba negrísima una punta de flecha de obsidiana, perfecta, aguzada, prehistórica.
Eran las piedras del poder.
Entre ellas el Yachak había puesto distintos objetos: trozos de hierro, cobre y madera, un transparente pedazo de cristal que reflejaba la flama de dos velas colocadas a derecha e izquierda, estampas de santos, un crucifijo de mármol, fotografías suyas en las que aparecía acompañado de sacerdotes o médicos.
Frente al Shamán, en el lado opuesto del mantel, se clavaban en la tierra una vieja y herrumbrada bayoneta de las guerras de la independencia, dos lanzas de chonta adornadas con plumas multicolores, una vara de madera blanca, con un hombrecito tallado en el extremo superior, acompañados de un fuerte látigo de metal y cuero. En el centro, de un bastón de eucalipto, colgaba un rosario de cuentas negras.
Todas las energías del mundo se reproducían y concentraban en la mesa del Yachak, por eso podía curar, conocer, controlar…
Frente a él, la cascada de Peguche se desplomaba cristalina, pura, fragosa, entre las obscuras rocas. A su espalda su hijo vigilaba, dispuesto a soplar contra los espíritus que, en esa noche terrible, podían agredir a su padre, concentrado en el diagnóstico del mal que conturbaba la tierra.

“Jesucritu jesucristu,
TaitaCayambe, Taita Chimbo
Mama Cutacachi.
San Pidritu
San Jusi
Shamui, sharl1ui”.

El Yachak invocó a los dioses cristianos y a los que miles de años antes habían protegido su mundo y el de sus ancestros. Luego, moviendo la punta de flecha de obsidiana y el trozo de cristal, interrogó al reflejo de la llama de las velas, durante largo rato. Fue como una corriente de viento helado. El alma de alguna piedra, enloquecida con lo que estaba sucediendo, se disparó hacia la espalda del Yachak.
Lluntu estaba preparado, sostenía una vela encendida en su mano derecha y mantenía en la boca un trago de aguardiente. Sopló el licor, a través de la flama, hacia el mal viento. Una llamarada iluminó la noche y con un siseo monstruoso el espíritu perverso se alejó hacia las profundidades.
Vinieron otros. La noche transcurría lentísima y sólo la fuerza inmensa del Yachak mantenía en pie y luchando a su hijo. Lluntu, en esas pocas horas, se enfrentó a oscuros vientos malignos, almas rojizas de muerte caliente, extraños pájaros que, huyendo de sus soplos, remontaban el vuelo para revolotear torvos sobre los dos hombres".
Fueron horas de angustia. El viejo Yachak no dejó un solo instante de invocar a los dioses e interrogar a las piedras.
–Mama quilla pacachishpa (La madre luna se está ocultando).
–Ari taita (Sí padre.)
–Yana Huaicu ri (Ve a la Quebrada Negra.) ,
–¡Cunan Taita! Chaipi manalli huaira causan. Huañushca tucurinimi. (¡Ahora padre! Allí vive un mal aire. Terminar muerto.)
–Ri. Ñucaca canta ricugrini.(Anda yo te cuidaré).
Lluntu, protegido por el aura que proyectaba sobre él su padre y por sus propias piedras de poder, que avanzaba contra el pecho, corrió por las laderas obscuras del Mojanda hacia la Quebrada Negra. Rezaba antiquísimas plegarias de fuerza y bienestar.
El joven debía encontrar en la quebrada una piedra iridiscente; luego de soplarle licor, se la llevaría a su padre.
Mientras tanto, el Yachak frente a su mesa de curación, dirigiría su poder, a través de las lanzas de chonta, hacia él.
Todo el camino lo acompañaron las risas y los graznidos de mil espíritus malignos que, enloquecidos, reptaban fuera de las acequias y los charcos e intentaban penetrar en su cuerpo para robarle el alma, para carcomerle la fuerza.
Llegó hasta la Quebrada Negra. De ella, en vez de un hálito helado –las quebradas son habitáculos de lo frío– trasuntaba un malsano vaho cálido, putrefacto, blancuzco. Aterrorizado, Lluntu gritó en su mente; el Yachak le respondió soplando con los brazos levantados y las manos abiertas. El aliento poderoso del padre fue abriendo una brecha en el vapor pútrido. Lluntu penetró por ella. Tras caminar varios minutos, con un agua viscosa y caliente embarrándole los pies erizados, encontró la piedra.
–¡Inti yayaca jahua pachamanta ñucanchicta ricunmi! (El padre sol nos mira desde el mundo de lo alto.)– Gritó, para de inmediato soplar aguardiente sobre la piedra que se iluminaba azul, verde y rojiza.
La extraña atmósfera de oxígeno fue enrarecida aún más por una lluvia corrosiva. El extraterrestre, postrado por el MIEDO, incapaz de reaccionar, se dispuso a morir, como lo habían hecho ya los miembros de su tripulación. Todos se abandonaban a una inconsciencia atormentada, destructiva. .
Nunca supo cuanto tiempo pasó en ese estado hasta que una voz retumbó en su mente. En un principio le habló en un idioma desconocido. Pronto fue capaz de entender lo que decía.
–¿Maimantatac shamungui supaica. Jahua pachamantachu, ucu pachamantachu?
–¿De dónde vienes demonio? –le preguntaba la voz
–¿Del mundo de lo alto? ¿Del mundo interior? ,
–Del mundo de lo alto –respondió el piloto–, creo que así podría llamar al lugar del que vengo.
El Yachak miraba extrañado la nave, colocada frente a su mantel y no mayor que la más grande de sus piedras. Lluntu, que la había traído, afiebrado y casi inconsciente se retorcía a su lado.
De alguna manera, el demonio que habitaba la piedra de colores le hablaba desde su propio cerebro, con una voz móvil que deambulaba por su cuerpo.
–Has enfermado mi mundo, –dijo el Yachak– has enfermado a mi hijo.
–Perdónanos, –respondió el piloto, casi desmayado en la sala de controles de su nave– no acostumbramos dañar a otros seres vivos, pero ahora estamos enfermos y hemos transmitido la enfermedad a tu mundo.
–¡Vete!
–No puedo. Moriremos pronto.
–y tu enfermedad se quedar y acabar con mi mundo.
–Sí
Ambos guardaron silencio. El Yachac sentía el dolor del demonio de la piedra de colores; el piloto captaba el sufrimiento de ese mundo que, sin querer, destruiría.
–¿Quién eres? –preguntó el Yachak.
–Un viajero –respondió el demonio– ¿Y tú?
–Un Yachak, un curador.
–Cúrame.
José Sánchez lo pensó intensamente. Esa era la única esperanza para la Tierra, para su hijo.
–¿Qué tienes?
–Miedo.
–¿Espanto?
–Sí.
El Yachak reconoció el mal del espanto. La falta de armonía. La ausencia de la fuerza que mantiene separados y en equilibrio al calor y el frío. El escalofrío de la pachamama. Todo se explicaba así. Era un monstruoso, un inmenso mal de espanto.
–Te curaré y te irás.
–Sí.
El Yachak entonces invocó a todas las fuerzas; a toda la armonía del universo. Luego de soplar más aguardiente sobre la nave empezó a gritar:

–Shamui, shamui (Ven, ven)
sumbra ispirituhuanmi (sombra con el espíritu)
shamui shamui (Ven, ven)
chiquicunata achuchicapac (deseo quitarte todos
munani los males que están en ti)
sinchicunata cuncapac (deseo darte todas
munani las fuerzas)
Shamui shamui (Ven,ven)
Yana urcu Cayambigu (Cerro negro, Cayambito)
Shamui shamui (Ven,ven)
Cutacachi,lmbabura (Cotacachi, Imbabura)
Shamui shamui (Ven, ven)
Caraquingu, Pidritu (Caranquesito, Pedrito)
Shamui shamui (Ven, ven)
Juanicugu. Jusitugu (Juansito, Josesito)
Shamui shamui (Ven, ven)
Lucita, Quinchimama (Lucita, madre del Quinche)
Shamui shamui (Ven, ven)
Bañus mama, Lajas mama (Madre de Baños, Madre de las Lajas)
Shamui shamui (Ven, ven)
Tucullagu tantarishpa (Toditos reunidos)
Tuciollagu, shinchicunata (Toditos las fuerzas
Cuchishpa , cuchispa den, den.)

La lluvia corrosiva limpió como un bálsamo los canales bioelectrónicos de la nave. La energía encontraba sus ámbitos y fluía por los adecuados circuitos subatómicos. Una infinita quietud se apoderó del extraterrestre y de sus compañeros. La palabra de ¡Yachak, como un calmante masaje, ordenaba los contactos de las computadoras y restablecía el manejo electrónico molecular de los datos.
Segundos después de la invocación, cuando José Sánchez aún no recuperaba del todo su conciencia, perdida durante la poderosa oración, la nave se elevó. Sus potentes luces multicolores iluminaron la mesa del Yachac, su cuerpo y rostro petrificados, la poderosa cascada de Peguche y las rocas entre las que caía.
–Yaya, yaya (Padre, padre) –gritó Lluntu recobrando el sentido.
–Samai, churi, samai. (Descansa, hijo, descansa.) –ordenó quedamente el Yachak quien, ya repuesto, miraba cómo una diminuta estrella multicolor se perdía en la noche inmensa."
Cuento publicado en el libro: "Profundo en la Galaxia". CCE 1998 - Alfaguara 2007

jueves, 10 de septiembre de 2009

La venganza es mía


La venganza es mía
Por JD Santibáñez
(Publicado en Arte Secuencial en el libro Comic Book, del mismo autor)


La casa era aparentemente normal. Una casa de cemento de dos pisos, mediana, sencilla. De aquellas que pasan inadvertidas para todo el mundo.
Pero no para Felipe y Paulette.
Ellos sabían que la casa era mucho más de lo que aparentaba. Era el refugio de la maldad.
Sin éxito, habían buscado el lugar por más de seis meses. Sólo ahora, frente a la vivienda, la realidad los remecía y se daban cuenta de la magnitud de lo que iban a hacer.
—¿Estás listo? —preguntó Paulette, su cuerpo tenso como cuerda de violín.
—No. Pero no importa —respondió el hombre.
Abrieron la pequeña puerta de rejas que daba paso al jardín seco y sin vida, y lo cruzaron para alcanzar la entrada principal.
Extrajeron sus pistolas y las alistaron. Estaban cargadas con las municiones más poderosas que habían podido conseguir. A Felipe le hubiera gustado tener refuerzos, pero la mayor parte de sus amigos había fallecido o estaba muy enferma, agonizando lentamente junto a sus familias. Que él y Paulette estuvieran vivos, ya era de por sí un milagro. Por alguna razón parecían ser inmunes a la peste.
Mientras el hombre forzaba la puerta con un destornillador, Paulette miraba con nerviosismo de un lado a otro. La noche permanecía iluminada por un gran círculo de plata y se podía distinguir las demás viviendas que habían sido invadidas por la maleza. Le dio escalofríos.
—Tranquila —dijo Felipe, al notar su preocupación.
En ese momento la puerta cedió y entraron sin hacer ruido.
La oscuridad se hizo más profunda en el interior. Tuvieron que permanecer inmóviles unos minutos para determinar en qué dirección seguir.
—Arriba —indicó Felipe, al distinguir una antigua escalera.
La mujer lo detuvo.
—Recuerda tu promesa —susurró.
Paulette trató de adivinar la expresión de su compañero cuando le respondió:
—Lo haré.
No habían trepado ni un escalón cuando una silueta apareció en el descanso de la escalera.
—¿Qué es lo que vas a hacer, Felipe? —preguntó la profunda y extraña voz—. Vamos, dímelo.
La pareja reaccionó al mismo tiempo, apuntando sus armas a la forma que empezaba a bajar los peldaños. El monstruo había adivinado todos sus movimientos. O, a lo mejor, los conocía de antemano.
Se veía grande, fuerte. Pese a la oscuridad, sus ojos rojizos se notaban crueles y sanguinarios.
—¿Qué piensan hacer con eso? —dijo, refiriéndose a las pistolas—. ¿Matarme? —sonrió, la espuma en los costados del hocico mojaba su pelambre.
—Lo único que sé es que deseo que mueras —gritó Paulette mientras apretaba el gatillo.
Felipe no tardó en unírsele.
Las balas dum-dum penetraron el cuerpo del monstruo, salpicando sangre sobre la pared y la escalera. Los proyectiles explotaron en su tórax, cuello, cabeza, brazos y piernas, pero no se detuvo ni emitió sonido alguno.
—¡Hijo de puta! —exclamó Paulette, arrojando la pistola hacia el monstruo e intentando extraer algo de su mochila. Cuando lo logró, tenía un crucifijo metálico en su mano temblorosa.
—Vamos —dijo divertido el monstruo—, no me hagan reír. Parece que han visto muchas películas baratas. ¿Creen que pueden hacerme daño con esas tonterías? Los creía más inteligentes.
Felipe intentó detenerlo, pero, de un manotazo, el animal lo estrelló contra uno de los muebles de la sala.
El lobo agarró a la mujer por el cuello y la sostuvo lejos del piso.
—Bienvenida, Paulette —dijo el animal—. Bienvenida a tu funeral.
Las imágenes llegaron con una cascada de dolor.



La escuálida enfermera habló con voz frágil. Parecía tan grave como cualquiera de los pacientes de la clínica.
—No te preocupes, muchacha. Todo habrá terminado en pocos minutos.
Paulette, tendida en la mesa de operaciones con sus piernas en los estribos, la ignoró mientras lloraba amargamente. El bebé que empezaba a formarse dentro de ella nunca vería la luz.
Siempre soñó con tener hijos a quienes cuidar y entregar todo su amor. Pero no podía traer un niño a un mundo lleno de enfermedad y muerte.
Por un momento pensó en el padre del bebé. Al igual que la mayoría de sus amigos, la había abandonado para integrarse a la Confraternidad del Espíritu Alienígena, el movimiento que estaba absorbiendo las voluntades y las almas de sus seguidores. El líder, el reverendo Simón, se había proclamado Mesías, el salvador de la eternidad. Con un poder de persuasión inusitado, había logrado convertir a buena parte de los habitantes de la ciudad.
Los seguidores abandonaban todo. Quemaban y destruían sus posesiones y se entregaban a manos del reverendo Simón, para luego desaparecer sin rastro. Con la llegada del Mesías, la desolación, las enfermedades mortales y el caos casi habían eliminado a la población en menos de un año.
Paulette escuchó a la enfermera toser violentamente. Cerró los ojos mientras el doctor empezaba a trabajar y a destruir parte de su vida.



—Mataste a tu hijo, mujer —dijo el monstruo a través de los dientes—. Cometiste un pecado mortal y pagarás por ello.
A Paulette se le hacía difícil respirar. Su rostro estaba tornándose azul, y trataba inútilmente de zafarse de la garra que la mantenía en el aire.
—Ándate …a la… mierda —gimió.
—¡Suéltala! —gritó Felipe mientras se incorporaba—. Todo es culpa tuya. ¡Todo siempre ha sido culpa tuya!
—¿Yo? —las fauces se arquearon en el remedo de una sonrisa—. Yo solamente hago lo que piden. Por eso hago—la fiera levantó la otra garra—, ¡esto!
Con un movimiento rápido, clavó sus larguísimas uñas en el corazón de la chica. En seguida empezó a retorcerlas y a empujar más, mientras Paulette chillaba.
La bala hizo estallar el costado de su cabeza, y la mató al instante.
El animal soltó el cadáver de Paulette y se volvió hacia Felipe con un rugido que estremeció la vivienda.
—¿Cómo te atreves a cortar mi diversión, sacerdote?
El arma todavía humeaba en las manos de Felipe.
—Porque se lo prometí. Y no me llames sacerdote. Ya no lo soy, reverendo.



—¿Te sientes bien, Felipe?
El sacerdote se volvió para mirar al arzobispo Golino.
—Su Excelencia. No tenía que venir.
El arzobispo se acercó y puso su huesuda mano sobre el hombro de Felipe. En la cama, una maleta abierta dejaba ver varias prendas y libros que el sacerdote estaba guardando.
—Cuando uno de mis mejores elementos pierde la ecuanimidad —dijo Galino pausadamente—, y decide gritar a todo pulmón ante sus únicos feligreses, que Dios nos ha abandonado, tengo que verlo en persona para saber exactamente qué es lo que pasa.
—¿No es obvio, arzobispo? —exclamó Felipe, mientras continuaba sacando prendas de un pequeño closet y las situaba con descuido dentro de la maleta—. La gente prefiere adorar a un Mesías que, de alguna manera, llegó a ellos más rápido y mejor que nosotros. Esto es el infierno, Su Excelencia. Y no estoy exagerando.
Las palabras causaron dolor en el arzobispo, quien tomó aire antes de hablar.
—Nuestro Señor trabaja de maneras extrañas, Felipe. Por favor, no te des por vencido. Te necesitamos. Ahora más que nunca.
Un acceso de tos inmovilizó al arzobispo. La sotana parecía flotar en su débil anatomía.
—¿Desde cuándo, Su Excelencia?
—Desde hace un par de semanas —dijo aclarando su garganta—. Nadie tiene una salud de hierro como tú. ¿No crees que Dios te ha elegido, Felipe?
El sacerdote miró a Golino a los ojos y expresó con inusual dureza:
—Dios no existe, Su Excelencia. Nosotros lo matamos hace mucho tiempo.



—A todos he logrado convertir —rugió el monstruo—. A todos, excepto ustedes dos que parecían inmunes…
—¿Quién eres, demonio? —exigió Felipe.
Los ojos del animal brillaron.
—El mismo, sacerdote. Yo soy ustedes y ustedes, yo.
El reverendo Simón se acercó a Felipe y lo agarró por el cuello, tal como lo había hecho con la mujer.
—Tu amiguita mató a su propio hijo —continuó—. Eso fue su perdición. ¿Acaso el bebé era tuyo?
—Ella lo liberó. Nunca podrás adueñarte de él.
—Lástima. Siempre hay lugar para los niños.
El animal colocó su hocico a pocos centímetros de la cara de Felipe. Su aliento era nauseabundo y el hombre tuvo que esforzarse para no vomitar.
—¡Imbéciles! —continuó rabioso—. ¿Acaso no se han dado cuenta de que sólo un alma pura puede dañarme? La mujer cometió un asesinato y tú negaste a tu Dios. ¿Cómo pensaban matarme? ¿Con agua bendita?
—Con algo mejor que eso, engendro —exclamó Felipe.
De algún lugar en su vestimenta, sacó un pequeño frasco y lo introdujo con fuerza en la boca del monstruo. El tejido del feto quemó todo al contacto. El animal apretó los dientes y cortó de cuajo la mano de Felipe. El ex-sacerdote gritó, agarrándose el muñón del que brotaba sangre como una pileta.
Los rugidos del monstruo eran ensordecedores, mientras las paredes empezaban a cuartearse, arrojando polvo y pedazos de cemento por todos lados.
Al tiempo que el animal se transformaba en una pira, sacudiéndose torpemente y encendiendo todo a su paso, Felipe yacía tembloroso en medio de su propia sangre.
Mirando el cuerpo sin vida de Paulette, y sintiendo que todo se desvanecía, recitó:
—“Dale lugar a la furia; pues está escrito, la Venganza es mía; Yo compensaré, dijo el Señor.”

viernes, 14 de agosto de 2009

MAGNUTRON, SUPERHÉROE, SANTIAGO PÁEZ

Este cuento es un adelanto de lo que Santiago nos tiene deparado para este año cuando nos entregue su nuevo libro de CF: ANEURISMA (amb. med. Aneurisma: Dilatación anormal de un vaso sanguíneo. Más c. m.:aneurisma abdominal, cardiaco, cerebral, ventricular.)

MAGNUTRÓN, SUPERHÉROE
Por Santiago Páez


Jor–El, científico y astuto político del planeta Kripton, ha descubierto que su mundo desaparecerá como consecuencia de la desidia criminal de sus habitantes. Desesperado, envía dos naves hacia la Tierra; en cada una de ellas viaja uno de sus hijos gemelos: El–Khar y Kal-El. Ambas astronaves llegarán a la Tierra, años luz después de que Kripton se haya convertido en ceniza cósmica.
Kal-El llega a Ohio, en Estado Unidos, y allí es adoptado por un granjero; luego se convertirá en periodista y habrá de llevar una doble vida: la del tímido reportero Clark Kent, y la de Superman, héroe que combate contra criminales de toda laya ayudado por un conjunto de superpoderes que provienen de su naturaleza extraterrestre.
Superman siempre vence en sus luchas e impone el bien y la justicia, enfrenta a gángsteres que tratan infructuosamente de herirlo con sus ametralladoras o a malvados terroristas que intentan dinamitar el Golden Gate o alguno de los rascacielos del gran New York. Como su cuerpo es inmune a las balas no demora en reducir y dominar a sus oponentes y en entregarlos a la policía; a veces, incluso, él mismo lleva a los criminales a la cárcel sin demorarse en juicios ni lidiar con abogados y jurados.
Casi podríamos decir que la vida de Superman es aburrida, el único enemigo que algún trabajo le da es Lex Luthor, una mente maestra del mal, un archicriminal que a veces logra neutralizar sus poderes de extraterrestre; pero aún él sucumbe a la larga ante esa fuerza de justicia y de moral que es Superman quien, siempre luego de sus luchas, vuela sobre la ciudad, poderoso e invencible, mientras grita:
─ ¡A luchar por la justicia!
El otro hijo de Jor – El, llamado El – Khar, en cambio, ha aterrizado en los barrios miseria de una ciudad latinoamericana, en los Guasmos de Guayaquil. Allí, es adoptado por un payaso que actúa en los buses que recorren las calles del gran puerto, en sus aceras y en sus esquinas. Con el paso de los años, El – Khar sigue el oficio de su padre adoptivo y se convierte en el payaso Magnumín, y recorre la ciudad bajo esa cobertura mientras, en su personalidad de Magnutrón, lucha contra las injusticias, defiende a los débiles y enfrenta a los corruptos. Usa los superpoderes que le da su condición de extraterrestre en cada uno de sus combates y, sin embargo, fracasa en todos ellos: el mal, el origen del mal, siempre lo elude; a veces, ni siquiera logra detener a los mínimos malhechores que son las cabezas visibles de ese mal omnipresente y que se manifiesta en el hambre, la brutalidad de los citadinos o la corrupción de nimios y poderosos.
Con frecuencia debe defender a los pobres de la policía, a la policía de los jueces, a los jueces de los políticos y a unos políticos de otros políticos. En una oportunidad, siguiendo sus ideales de justicia, detuvo a una pandilla de asaltantes, los llevó a la Penitenciaría Modelo de Guayaquil, los dejó encarcelados allí y luego, tras ver las condiciones de insalubridad en las que los pandilleros tendrían que vivir en esa cárcel, y siguiendo siempre sus ideales de justicia, tuvo que liberarlos él mismo, enfrenando a los guardias de la prisión que le dispararon –inútilmente claro- con sus viejas escopetas de fabricación nacional. Antes de huir, y en un descuido, los maleantes recién liberados le robaron la capa. Después de eso su disfraz de superhéroe nunca fue el mismo.Con el paso de los años y con la acumulación de sus fracasos, El- Khar va refugiándose en la personalidad del chispeante payaso Magnumín, hasta olvidar, completamente, su otra identidad de Magnutrón, el superhéroe. A veces va al cine y ve en la pantalla las aventuras de Superman, su hermano de Ohio, y se divierte como cualquier otro guayaquileño pobre; luego, se pone su disfraz de payaso e imita -en los buses- a Superman. Ese es uno de los números que más gusta a los pasajeros.

sábado, 13 de junio de 2009

LA DOBLE Y ÚNICA MUJER Pablo Palacio

Pablo Palacio (Loja, 25 de enero de 1906 - Guayaquil 7 de enero de 1947) fue un escritor y abogado ecuatoriano. Palacio es uno de los fundadores de la vanguardia en el Ecuador y América Latina, por tanto un adelantado en lo que respecta a estructuras y contenidos narrativos por ser su obra casi no correspondida a los escritores del costumbrismo de su época.


LA DOBLE Y ÚNICA MUJER
Pablo Palacio

(Ha sido preciso que me adapte a una serie de expre­siones difíciles que sólo puedo emplear yo, en mi caso particular. Son necesarias para explicar mis actitudes inte­lectuales y mis conformaciones naturales, que se presentan de manera extraordinaria, excepcionalmente, al revés de lo que sucede en la mayoría de los "animales que ríen").
Mi espalda, mi atrás, es, si nadie se opone, mi pecho de ella. Mi vientre está contrapuesto a mi vientre de ella. Ten­go dos cabezas, cuatro brazos, cuatro senos, cuatro piernas, y me han dicho que mis columnas vertebrales, dos hasta la altura de los omóplatos, se unen allí para seguir –robuste­cida– hasta la región coxígea.
Yo-primera soy menor que yo-segunda.
– (Aquí me permito, insistiendo en la aclaración hecha pre­viamente, pedir perdón por todas las incorrecciones que co­meteré. Incorrecciones que elevo a la consideración de los gramáticos con el objeto de que se sirvan modificar, para los posibles casos en que pueda repetirse el fenómeno, la muletilla de los pronombres personales, la conjugación de los verbos, los adjetivos posesivos y demostrativos, etc., todo en su parte pertinente. Creo que no está demás, asimismo, hacer extensiva esta petición a los moralistas, en el sentido de que se molesten alargando un poquito su moral; que me cubran y que me perdonen por el cúmulo de conveniencias atadas naturalmente a ciertos procedimientos que traen consigo las posiciones características que ocu­po entre los seres únicos).
Digo esto porque yo-segunda soy evidentemente más débil, de cara y cuerpo más delgados, por ciertas mani­festaciones que no declararé por delicadeza, inherentes al sexo, reveladoras de la afirmación que acabo de hacer; y porque yo-primera voy para adelante, arrastrando a mi atrás, hábil en seguirme, y que me coloca, aunque inver­samente, en una situación algo así como la de ciertas co­munidades religiosas que se pasean por los corredores de sus conventos, después de las comidas, en dos filas, y dándose siempre las caras –siendo como soy, dos y una.
Debo explicar el origen de esta dirección que me colocó en adelante a la cabeza de yo - ella: fue la única divergen­cia entre mis opiniones que ahora, y sólo ahora, creo que me autoriza para hablar de mí como de nosotras, porque fue el momento aislado en que cada una, cuando estuvo apta para andar, quiso tomar por su lado. Ella –adviértase bien: la que hoy es yo-segunda– quería ir, por atavismo sin duda, como todos van, mirando hacia donde van; yo quería hacer lo mismo, ver a dónde iba, de lo que se sus­citó un enérgico perneo, que tenía sólidas bases puesto que estábamos en la posición de los cuadrúpedos, y hasta nos ayudábamos con los brazos de manera que, casi sentadas como estábamos, con aquéllos al centro, ofrecimos un con­junto octópodo con dos voluntades y en equilibrio unos ins­tantes debido a la tensión de fuerzas contrarias. Acabé por vencerla, levantándome fuertemente y arrastrándola, produ­ciéndose entre nosotras, desde mi triunfo, una superioridad inequívoca de mi parte primera sobre mi segunda y formándose la unidad de que he hablado.
Pero no; es preciso sentar una modificación en mis con­ceptos, que, ahora caigo en ello, se han desarrollado así por liviandad en el razonamiento. Indudablemente, la ex­plicación que he pensado dar a posteriores hechos, puede aplicarse también a lo referido; lo que aclarará perfectamente mi empecinamiento en designarme siempre de la ma­nera en que vengo haciéndolo: yo, y que desbaratará com­pletamente la clasificación de los teratólogos, que han no­minado a casos semejantes como monstruos dobles, y que se empecinan, a su vez, en hablar de éstos como si en cada caso fueran dos seres distintos, en plural, ellos. Los terató­logos sólo han atendido a la parte visible que origina una separación orgánica, aunque en verdad los puntos de con­tacto son infinitos; y no sólo de contacto, puesto que exis­ten órganos indivisibles que sirven a la vez para la vida de la comunidad aparentemente establecida. Acaso la hipóte­sis de la doble personalidad, que me obligó antes a hablar de nosotras, tenga en este caso un valor parcial debido a que era ése el momento inicial en que iba a definirse el cuerpo directivo de esta vida visiblemente doble y com­plicada; pero en el fondo no lo tiene. Casi sólo le doy un interés expresivo, de palabras, que establece un contraste comprensible para los espíritus extraños, y que en vez de ir como prueba de que en un momento dado pudo existir en mí un doble aspecto volitivo, viene directamente a com­probar que existe dentro de este cuerpo doble un solo mo­tor intelectual que da por resultado una perfecta unicidad en sus actitudes intelectuales.
En efecto: en el momento en que estaba apta para andar, y que fue precedido por los chispazos cerebrales "andar", idea nacida en mis dos cabezas, simultáneamente, aunque algo confusa por el desconocimiento práctico del hecho y que tendía sólo a la imitación de un fenómeno percibido en los demás, surgió en mi primer cerebro el mandato "Ir adelante"; "Ir adelante" se perfiló claro también en mi se­gundo cerebro y las partes correspondientes de mi cuerpo obedecieron a la sugestión cerebral que tentaba un desprendimiento, una separación de miembros. Este intento fue anulado por la superioridad física de yo - primera sobre yo - segunda y originó el aspecto analizado. He aquí la verdadera razón que apoya mi unicidad. Si los mandatos cerebrales hubieran sido; "Ir adelante" e "Ir atrás", entonces sí no existiría duda alguna acerca de mi dualidad, de la di­ferencia absoluta entre los procesos formativos de la idea de movimiento; pero esa igualdad anotada me coloca en el justo término de apreciación. Cuanto a la particularidad de que hayan existido en mí dos partes constitutivas que obedecieron a dos órganos independientes, no le doy sino el valor circunstancial que tiene, puesto que he desdeñado ya el criterio superficial que, de acuerdo con otros casos, me da una constitución plural. Desde ese momento yo-primera, como superior, ordeno los actos, que son cumpli­dos sin réplica por yo - segunda. En el momento de una determinación o de un pensamiento, éstos surgen a la vez en mis dos cerebros; por ejemplo "Voy a pasear", y yo-primera soy quien dirige el paseo y recojo con prioridad todas las sensaciones presentadas ante mí, sensaciones que comunico inmediatamente a yo-segunda. Igual sucede con las sensaciones recibidas por esta otra parte de mi ser. De manera que, al revés de lo que considero que sucede con los demás hombres, siempre tengo yo una comprensión, una recepción doble de los objetos. Les veo, casi a la vez, por los lados –cuando estoy en movimiento– y con respecto a lo inmóvil, me es fácil darme cuenta perfecta de su inmo­vilidad con sólo apresurar el paso de manera que yo-se­gunda contemple casi al mismo tiempo el objeto inmóvil. Si se trata de un paisaje, lo miro, sin moverme, de uno y otro lado, obteniendo así la más completa recepción de él, en todos sus aspectos. Yo no sé lo que sería de mí de estar constituida como la mayoría de los hombres; creo que me volvería loca, porque cuando cierro los ojos de yo-segunda o los de yo-primera, tengo la sensación de que la parte del paisaje que no veo se mueve, salta, se viene contra mi y espero que al abrir los ojos lo encontraré totalmente cam­biado. Además, la visión lateral me anonada: será como ver la vida por un huequito. Ya he dicho que mis pensamientos generales y voliciones aparecen simultáneamente en mis dos partes; cuando se trata de actos, de ejecución de mandatos, mi cerebro se­cundo calla, deja de estar en actividad, esperando la deter­minación del primero, de manera que se encuentra en con­diciones idénticas a las de la garrafa vacía que hemos de llenar de agua o al papel blanco donde hemos de escribir. Pero en ciertos casos, especialmente cuando se trata de re­cuerdos, mis cerebros ejercen funciones independientes, la mayor parte alternativas, y que siempre están determina­das, para la intensidad de aquéllos, por la prioridad en la recepción de las imágenes. En ocasiones estoy meditando acerca de tal o cual punto y llega un momento en que me urge un recuerdo, que seguramente, un rincón obscuro en nuestras evocaciones es lo que más martiriza nuestra vida intelectiva, y, sin haber evocado mi desequilibrio, sólo por mi detenimiento vacilante en la asociación de ideas que sigo, mi boca posterior contesta en alta voz, iluminando la obscuridad repentina. Si se ha tratado de un sujeto bo­rroso, por ejemplo, a quien he visto alguna vez, mi boca de ella contesa, más o menos: "¡Ah el señor Miller, aquel alemán con quien me encontré en casa de los Sánchez y que explicaba con entusiasmo el paralelogramo de las fuer­zas aplicado a los choques de vehículos".

Lo que ha hecho afirmar a mis espectadores que existe en mi la dualidad que he refutado, ha sido principalmente, la propiedad que tengo de poder mantener conversación ya sea por uno u otro lado. Les ha engañado eso de lado. Si alguno se dirige a mi parte posterior, le contesto siem­pre con mi parte posterior, por educación y comodidad; lo mismo sucede con la otra. Y mientras la parte aparente­mente pasiva trabaja igual que la activa, con el pensamiento. Cuando se dirigen a la vez a mis dos lados, casi nunca hablo por estos a la vez también, aunque me es posible debido a mi doble recepción; me cuido mucho de probables vacilaciones y no podría desarrollar dos pensamientos hondos, simultáneamente. La posibilidad a que me refiero sólo tiene que ver con los casos en que se trate de sensa­ciones y recuerdos, en los que experimento una especie de separación de mí misma, comparable con la de aquellos hombres que pueden conversar y escribir a la vez cosas distintas. Todo esto no quiere decir, pues, que yo sea dos. Las emociones, las sensaciones, los esfuerzos intelectivos de yo-segunda son los de yo-primera; lo mismo inversamente. Hay entre mí –primera vez que he escrito bien entre mí– un centro a donde afluyen y de donde refluyen todo el cúmulo de fenómenos espirituales, o materiales desconoci­dos, o anímicos, o como se quiera.
Verdaderamente, no sé cómo explicar la existencia de este centro, su posición en mi organismo y, en general, to­do lo relacionado con mi psicología o metafísica, aunque esta palabra creo ha sido suprimida completamente, por ahora, del lenguaje filosófico. Esta dificultad, que de se­guro no será allanada por nadie, sé que me va a traer el calificativo de desequilibrada porque a pesar de la distancia domina todavía la ingenua filosofía cartesiana, que pre­tende que para escuchar la verdad basta poner atención a las ideas claras que cada uno tiene dentro de sí, según más o menos lo explica cierto caballero francés; pero como me importa poco la opinión errada de los demás, tengo que decir lo que comprendo y lo que no comprendo de mi misma.
Ahora es necesario que apresure un poco esta narración, yendo a los hechos y dejando el especular para más tarde.
Unos pocos detalles acerca de mis padres, que fueron individuos ricos y por consiguiente nobles, bastará para aclarar el misterio de mi origen: mi madre era muy dada a lecturas perniciosas y generalmente novelescas; parece ser que después de mi concepción, su marido y mi padre viajo por motivos de salud. En el ínterin, un su amigo, médico, entabló estrechas relaciones con mi madre, claro que de honrada amistad, y como la pobrecilla estaba tan sola y aburrida, éste su amigo tenía que distraerla y la distraía con unos cuentos extraños que parece que impresionaron la maternidad de mi madre. A los cuentos añádase el examen de unas cuantas estampas que el médico le llevaba; de esas peligrosas estampas que dibujan algunos señores en estos últimos tiempos, dislocadas, absurdas, y que mientras ellos creen que dan la sensación de movimiento, sólo sirven para impresionar a las sencillas señoras que creen que existen en realidad mujeres como las dibujadas, con todo su des­equilibrio de músculos, estrabismos de ojos y más locuras. No son raros los casos en que los hijos pagan esas inclinaciones de los padres: una señora amiga mía fue madre de un gato. Ventajosamente, procuraré que mis relaciones no sean leídas por señoras que puedan estar en peligro de impresio­narse y así estaré segura de no ser nunca causa de una re­petición humana de mi caso. Pues, sucedió con mi madre, que, en cierto modo ayudada por aquel señor médico, llegó a creer tanto en la existencia de individuos extraños que poco a poco llegó a figurarse un fenómeno del que soy retrato, con el que se entretenía a veces, mirándolo, y se horrorizaba las más. En esos momentos gritaba y se le po­nían los pelos de punta. (Todo esto se lo he oído después a ella misma en unos enormes interrogatorios que le hicie­ron el médico, el comisario y el obispo, quien naturalmente necesitaba conocer los antecedentes del suceso para poder darle la absolución.) Nací más o menos dentro del período normal, aunque no aseguro que fueran normales los sufri­mientos por que tuvo que pasar mi pobre madre, no sólo durante el trance sino después, porque apenas me vieron, horrorizados, el médico y el ayudante, se lo contaron a mi padre, y éste, encolerizado, la insultó y le pegó, tal vez con la misma justicia, más o menos, que la que asiste a al­gunos maridos que maltratan a sus mujeres porque le dieron la hija en vez de un varón como querían.
Madre me tenía una cierta compasión insultante para mí, que era tan hija suya como podía haberlo sido una tipa igual a todas, de esas que nacen para hacer pucheritos con la boca, zapatear y coquetear. Padre, cuando me encontraba sola, me daba de puntapiés y corría; yo era capaz de matarlo al ver que a mis llantos, era de los primeros en ir a mi lado; acariciándome uno de los brazos, me preguntaba, con su voz hipócrita: "Qué es lo que te ha pasado hijita". Yo me callaba, no sé bien por qué; pero una vez no pude ya soportarlo y le contesté, queriendo latiguearlo con mi rabia: "Tú me pa­teaste en este momento y corriste, hipócrita." Pero como mi padre era un hombre serio, y aparentaba delante de todos quererme, y le habían visto entrar sorprendido, y, por último, merecía más crédito que yo, todos me miraron, abriendo mu­cho la boca y se vieron después las caras; un momento des­pués, al retirarse, oí que mi padre dijo en voz baja: "Ten­dremos que mandar a esta pobre niña al Hospital; yo des­confío de que esté bien de la cabeza; el doctor me ha ma­nifestado también sus dudas. Caramba, caramba, qué desgra­cia." Al oír esto, quedé absorta.
No me daba cuenta de lo que podía ser un Hospital; pero por el sentido de la frase comprendí que se trataba de algún lugar donde se recluiría a los locos. La idea de separarme de mis padres no era para mí nada dolorosa; la habría acep­tado más bien con placer, ya que contaba con el odio del uno y la compasión de la otra, que tal vez no era lo menos. Pero como no conocía el Hospicio, no sabía qué era lo prefe­rible; éste se me presentaba algunas veces como amenaza­dor, cuando encontraba en mi casa alguna comodidad o al­gún cariño entre los criados, que hacían que tomara ese am­biente como mío; pero en otras, ante la cara contraída de mi madre o una mirada envenenada de mi padre, deseaba ardientemente salir de aquella casa que me era tan hostil. Habría prevalecido en mí este deseo de no haber sorprendido una tarde entre los criados una conversación en la que se me compadecía, diciéndome a cada momento pobrecita y en la que descubrí además algunos espantables procedimien­tos de los guardianes de aquella casa, agrandado, sin duda, extraordinariamente, por la imaginación encogida y servil de los que hablaban. Los criados siempre están listos a figu­rarse las cosas más inverosímiles e imposibles. Decían que a todos los locos les azotaban, les bañaban con agua helada, les colgaban de los dedos de los pies, por tres días, en el va­cío; lo que acabó por sobrecogerme. Fui lo más pronto que pude donde mi padre, a quien encontré discutiendo en alta voz con su mujer, me puse a llorar delante de él, diciéndole que seguramente me había equivocado el otro día y que de­bía haber sido otro el que me había maltratado, que yo le amaba y respetaba mucho y que me perdonase. Si lo habría podido hacer, me hubiera arrodillado de buena gana para pedírselo, porque había alcanzado a observar que las súpli­cas, los lamentos y alguna que otra tontería, adquieren un carácter más grave y enternecedor en esa difícil posición; hombres y mujeres pudieran dar lo que se les pida, si se lo hace arrodillados, porque parece que esta actitud elevara a los concedentes a una altura igual a la de las santas imáge­nes en los altares, desde donde pueden derrochar favores sin mengua de su hacienda ni de su integridad. Al oírme, mí padre, no sé por qué me miró de una manera especial, entre furioso y amargado; se paró violentamente. Creo que vi hu­medecerse sus ojos. Al fin dijo, cogiéndose la cabeza: "Este demonio ya a acabar por matarme", y salió sin regresar a ver. Pensé que era ése el último momento de mi vida en aquella casa. Después de poco, oí un ruido extraordinario, seguido de movimiento de criados y algunos llantos. Me co­gieron, y a pesar de mis pataleos me llevaron a mi dormitorio, donde me encerraron con llave, y no volví a ver a mi mas grande enemigo. Después de algún tiempo supe que se había suicidado, noticia que la recibí con gran alegría puesto que vino a comprobar una de las hipótesis dulces que contrapesaban y hacían balancear mi tranquilidad, en oposición a otras amargas anunciadoras de un cambio desgra­ciado en mi vida.

Cuando tuve 21 años me separé de mi madre que era en­tonces todavía mujer joven. Ella aparentó un gran dolor, que tal vez habría tenido algo de verdadero, puesto que mi se­paración representaba una notabilísima disminución de la fortuna que ella usufructuaba.
Con lo que me tocó en herencia me he instalado muy bien, y como no soy pesimista, de no haberme ocurrido la mortal desgracia que conoceréis más tarde, no habría desesperado de encontrar un buen partido.
Mi instalación fue de la más difíciles. Necesito una can­tidad enorme de muebles especiales. Pero de todo lo que tengo, lo que más me impresiona son las sillas, que tienen algo de inerte y de humano, anchas, sin respaldo porque soy respaldo de mí misma, y que deben servir por uno y otro lado. Me impresionan porque yo formo parte del ob­jeto "silla"; cuando está vacía, cuando no estoy en ella, nadie que la vea puede formarse una idea perfecta del mueblecito aquél, ancho, alargado, con brazos opuestos, y que parece que le faltara algo. Ese algo soy yo que, al sentarme, lleno un vacío que la idea "silla" tal como está formada vulgarmente había motivado en "mi silla": el res­paldo, que se lo he puesto yo y que no podía tenerlo antes porque precisamente, casi siempre, la condición esencial para que un mueble mío sea mueble en el cerebro de los demás, es que forme yo parte de ese objeto que me sirve y que no puede tener en ningún momento vida íntegra e independiente.
Casi lo mismo sucede con las mesas de trabajo. Mis me­sas de trabajo dan media vuelta –no activamente, se en­tiende, sino pasivamente–; así que su línea máxima es casi una semicircunferencia, algo achatada en sus partes opues­tas: quiero decir que tiene la forma de una bala, perfilada, cuyo extremo anterior es una semicircunferencia. Una sintetización de la mitad del Mar Adriático, hacia el golfo de Venecia, creo que sería también sumamente parecida a la forma exterior de las tablas de mis mesas. El centro está recortado y vacío, en la misma forma que la ya descrita, de manera que allí puedo entrar yo y mi silla, y tener mesa por ambos lados. Claro que podía obviar la dificultad de estas innovaciones con sólo tener dos mesas, entre las cua­les me colocaría; pero ha sido un capricho, que tiende a establecer mi unidad exterior magníficamente, ya que nadie puede decir: "Trabaja en mesas", sino "en una mesa". Y la posibilidad de que yo trabaje por un solo lado me pone en desequilibrio: no podría dejar vacío el frente de mi otro lado. Esto sería la dureza de corazón de una madre que teniendo un pan lo diera entero a uno de sus dos hijos.
Mi tocador es doble: no tengo necesidad de decir más, pues su uso en esta forma, es claramente comprensible.
La diversidad de mis muebles es causa del gran dolor que siento al no poder ir de visita. Sólo tengo una amiga que por tenerme con ella algunas veces ha mandado a con­feccionar una de mis sillas. Mas, prefiriendo estar sola, se me ve por allí rara vez. No puedo soportar continuamente la situación absurda en que debo colocarme, siempre en medio de los visitantes, para que la visita sea de yo entera. Los otros, para comprender la forma exacta de mi presen­cia en una reunión, de sentarme como todos, deberían asis­tir a una de perfil y pensar en la curiosidad molestosa de los contertulios.
Y este dolor es nada frente a otros. En especial mi amor a los niños acaba por hacerme llorar. Quisiera tener a al­guno en mis brazos y hacerle reír con mis gracias. Pero ellos, apenas me acerco, gritan asustados y corren. Yo, defraudada, me quedo en ademán trágico. Creo que algunos novelistas han descrito este ademán en las escenas últimas de su libros, cuando el protagonista, solo, en la ribera (casi nunca se acuerdan del muelle), contempla la separación del barco que se lleva una persona amiga o de la familia; más patético resulta eso cuando quien se va es la novia.
En casa de mi amiga de la silla conocí a un caballero alto y bien formado. Me miraba con especial atención. Este caballero debía ser motivo de la más aguda de mi crisis.
Diré pronto que estaba enamorada de él. Y como antes ya he explicado, este amor no podía surgir aisladamente en uno sólo de mis yos. Por mi manifiesta unicidad apareció a la vez en mis lados. Todos los fenómenos previos al amor, que aquí ya estarían demás, fueron apareciendo en ellos idénticamente. La lucha que se entabló entre mí es con facilidad imaginable. El mismo deseo de verlo y hablar con él era sentido por ambas partes, y como esto no era posible, según las alternativas, la una tenía celos de la otra. No sentía solamente celos, sino también, de parte de mi yo favorecido, un estado manifiesto de insatisfacción. Mien­tras yo - primera hablaba con él, me aguijoneaba el deseo de yo - segunda, y como yo - primera no podía dejarlo, ese placer era un placer a medias con el remordimiento de no haber permitido que hablara con yo-segunda.
Las cosas no pasaron de eso porque no era posible que fueran a más. Mi amor con un hombre se presentaba de una manera especial. Pensaba yo en la posibilidad de algo más avanzado: un abrazo, un beso, y si era en lo primero venía enseguida a mi imaginación la manera cómo podía dar ese abrazo, con los brazos de yo - primera, mientras yo-segunda agitaría los suyos o los dejaría caer con un gesto inexpresable. Si era un beso, sentía anticipadamente la amargura de mi boca de ella.
Todos estos pensamientos, que eran de solidaridad, esta­ban acompañados por un odio invencible a mi segunda parte; pero el mismo odio era sentido por ésta contra mi primera. Era una confusión, una mezcla absurda, que me daba vueltas por el cerebro y me vaciaba los sesos.
Pero el punto máximo de mis pensamientos, a este res­pecto, era el más amargo... ¿Por qué no decirlo? Se me ocurrió que alguna vez podía llegar a la satisfacción de mi deseo. Esta sola enunciación da una idea clara de los ra­zonamientos que me haría. ¿Quién yo debía satisfacer mi deseo, o mejor su parte de mi deseo? ¿En qué forma podía ocurrírseme su satisfacción? ¿En qué posición quedaría mi otra parte ardiente? ¿Qué haría esa parte, olvidada, con­gestionada por el mismo ataque de pasión, sentido con la misma intensidad, y con el vago estremecimiento de lo sa­tisfecho en medio de lo enorme insatisfecho? Tal vez se entablaría una lucha, como en los comienzos de mi lucha, como en los comienzos de mi vida. Y vencería yo-primera como más fuerte, pero al mismo tiempo me vencería a mí misma. Sería sólo un triunfo de prioridad, acompañado por aquella tortura.
Y no sólo debía meditar en eso, sino también en la pro­bable actitud de él frente a mí, en mi lucha. Primero, ¿era posible para él sentir deseo de satisfacer mi deseo? Segun­do, ¿esperaría que una de mis partes se brindase, o tendría determinada inclinación, que haría inútil la guerra de mis yos?
Yo - segunda tengo los ojos azules y la cara fina y blan­ca. Hay dulces sombras de pestañas.
Yo - primera tal vez soy menos bella. Las mismas faccio­nes son endurecidas por el entrecejo y por la Boca imperiosa.
Pero de esto no podía deducir quién yo sería la preferida.
Mi amor era imposible, mucho más imposible que los casos novelados de un joven pobre y obscuro con una joven al vez había un pequeño resquicio, pero ¡era tan poco romántico! ¡Si se pudiera querer a dos!
En fin, que no volví a verlo. Pude dominarme haciendo un esfuerzo. Como él tampoco ha hecho por verme, he pensado después que todas mis inquietudes eran fantasías inútiles. Yo partía del hecho de que el me quisiera, y eso, en mis circunstancias parece un poco absurdo. Nadie puede quererme, porque me han obligado a cargar con éste mi fardo, mi sombra; me han obligado a cargarme mi dupli­cación.
No sé bien si debo rabiar por ella o si debo elogiarla. Al sentirme otra; al ver cosas que los hombres sin duda no pueden ver; al sufrir la influencia y el funcionamiento de un mecanismo complicado que no es posible que alguien conozca fuera de mí, creo que todo esto es admirable y que soy para los mediocres como un pequeño dios. Pero ciertas exigencias de la vida en común que irremediable­mente tengo que llevar y ciertas pasiones muy humanas que la naturaleza, al organizarme así, debió lógicamente suprimir o modificar, han hecho que más continuamente piense en lo contrario.
Naturalmente, esta organización distinta, trayéndome usos distintos, me ha obligado a aislarme casi por comple­to. A fuerza de costumbre y de soportar esta contrariedad, no siento absolutamente el principio social. Olvidando to­das mis inquietudes me he hecho una solitaria.
Hace más o menos un mes, he sentido una insistente comezón en mis labios de ella. Luego apareció una manchita blancuzca, en el mismo sitio, que más tarde se con­virtió en violácea; se agrandó, irritándose y sangrando.
Ha venido el médico y me ha hablado de proliferación de células, de neoformaciones. En fin, algo vago, pero que yo comprendo. El pobre habrá querido no impresionarme. ¿Qué me importa eso a mí, con la vida que llevo?
Si no fuera por esos dolores insistentes que siento en mis labios... En mis labios... bueno, ¡pero no son mis labios! Mis labios están aquí, adelante; puedo hablar libre­mente con ellos... ¿Y cómo es que siento los dolores de esos otros labios? Esta dualidad y esta unicidad al fin van a matarme. Una de mis partes envenena al todo. Esa Haga que se abre como una rosa y cuya sangre es absorbida por mi otro vientre irá comiéndose todo mi organismo. Desde que nací he tenido algo especial; he llevado en mi sangre gérmenes nocivos.
...Seguramente debo tener una sola alma... ¿Pero si después de muerta, mi alma va a ser así como mi cuer­po...? ¡Cómo quisiera no morir!
¿Y este cuerpo inverosímil, estas dos cabezas, estas cuatro piernas, esta proliferación reventada de los labios?


FIN