jueves, 10 de septiembre de 2009

La venganza es mía


La venganza es mía
Por JD Santibáñez
(Publicado en Arte Secuencial en el libro Comic Book, del mismo autor)


La casa era aparentemente normal. Una casa de cemento de dos pisos, mediana, sencilla. De aquellas que pasan inadvertidas para todo el mundo.
Pero no para Felipe y Paulette.
Ellos sabían que la casa era mucho más de lo que aparentaba. Era el refugio de la maldad.
Sin éxito, habían buscado el lugar por más de seis meses. Sólo ahora, frente a la vivienda, la realidad los remecía y se daban cuenta de la magnitud de lo que iban a hacer.
—¿Estás listo? —preguntó Paulette, su cuerpo tenso como cuerda de violín.
—No. Pero no importa —respondió el hombre.
Abrieron la pequeña puerta de rejas que daba paso al jardín seco y sin vida, y lo cruzaron para alcanzar la entrada principal.
Extrajeron sus pistolas y las alistaron. Estaban cargadas con las municiones más poderosas que habían podido conseguir. A Felipe le hubiera gustado tener refuerzos, pero la mayor parte de sus amigos había fallecido o estaba muy enferma, agonizando lentamente junto a sus familias. Que él y Paulette estuvieran vivos, ya era de por sí un milagro. Por alguna razón parecían ser inmunes a la peste.
Mientras el hombre forzaba la puerta con un destornillador, Paulette miraba con nerviosismo de un lado a otro. La noche permanecía iluminada por un gran círculo de plata y se podía distinguir las demás viviendas que habían sido invadidas por la maleza. Le dio escalofríos.
—Tranquila —dijo Felipe, al notar su preocupación.
En ese momento la puerta cedió y entraron sin hacer ruido.
La oscuridad se hizo más profunda en el interior. Tuvieron que permanecer inmóviles unos minutos para determinar en qué dirección seguir.
—Arriba —indicó Felipe, al distinguir una antigua escalera.
La mujer lo detuvo.
—Recuerda tu promesa —susurró.
Paulette trató de adivinar la expresión de su compañero cuando le respondió:
—Lo haré.
No habían trepado ni un escalón cuando una silueta apareció en el descanso de la escalera.
—¿Qué es lo que vas a hacer, Felipe? —preguntó la profunda y extraña voz—. Vamos, dímelo.
La pareja reaccionó al mismo tiempo, apuntando sus armas a la forma que empezaba a bajar los peldaños. El monstruo había adivinado todos sus movimientos. O, a lo mejor, los conocía de antemano.
Se veía grande, fuerte. Pese a la oscuridad, sus ojos rojizos se notaban crueles y sanguinarios.
—¿Qué piensan hacer con eso? —dijo, refiriéndose a las pistolas—. ¿Matarme? —sonrió, la espuma en los costados del hocico mojaba su pelambre.
—Lo único que sé es que deseo que mueras —gritó Paulette mientras apretaba el gatillo.
Felipe no tardó en unírsele.
Las balas dum-dum penetraron el cuerpo del monstruo, salpicando sangre sobre la pared y la escalera. Los proyectiles explotaron en su tórax, cuello, cabeza, brazos y piernas, pero no se detuvo ni emitió sonido alguno.
—¡Hijo de puta! —exclamó Paulette, arrojando la pistola hacia el monstruo e intentando extraer algo de su mochila. Cuando lo logró, tenía un crucifijo metálico en su mano temblorosa.
—Vamos —dijo divertido el monstruo—, no me hagan reír. Parece que han visto muchas películas baratas. ¿Creen que pueden hacerme daño con esas tonterías? Los creía más inteligentes.
Felipe intentó detenerlo, pero, de un manotazo, el animal lo estrelló contra uno de los muebles de la sala.
El lobo agarró a la mujer por el cuello y la sostuvo lejos del piso.
—Bienvenida, Paulette —dijo el animal—. Bienvenida a tu funeral.
Las imágenes llegaron con una cascada de dolor.



La escuálida enfermera habló con voz frágil. Parecía tan grave como cualquiera de los pacientes de la clínica.
—No te preocupes, muchacha. Todo habrá terminado en pocos minutos.
Paulette, tendida en la mesa de operaciones con sus piernas en los estribos, la ignoró mientras lloraba amargamente. El bebé que empezaba a formarse dentro de ella nunca vería la luz.
Siempre soñó con tener hijos a quienes cuidar y entregar todo su amor. Pero no podía traer un niño a un mundo lleno de enfermedad y muerte.
Por un momento pensó en el padre del bebé. Al igual que la mayoría de sus amigos, la había abandonado para integrarse a la Confraternidad del Espíritu Alienígena, el movimiento que estaba absorbiendo las voluntades y las almas de sus seguidores. El líder, el reverendo Simón, se había proclamado Mesías, el salvador de la eternidad. Con un poder de persuasión inusitado, había logrado convertir a buena parte de los habitantes de la ciudad.
Los seguidores abandonaban todo. Quemaban y destruían sus posesiones y se entregaban a manos del reverendo Simón, para luego desaparecer sin rastro. Con la llegada del Mesías, la desolación, las enfermedades mortales y el caos casi habían eliminado a la población en menos de un año.
Paulette escuchó a la enfermera toser violentamente. Cerró los ojos mientras el doctor empezaba a trabajar y a destruir parte de su vida.



—Mataste a tu hijo, mujer —dijo el monstruo a través de los dientes—. Cometiste un pecado mortal y pagarás por ello.
A Paulette se le hacía difícil respirar. Su rostro estaba tornándose azul, y trataba inútilmente de zafarse de la garra que la mantenía en el aire.
—Ándate …a la… mierda —gimió.
—¡Suéltala! —gritó Felipe mientras se incorporaba—. Todo es culpa tuya. ¡Todo siempre ha sido culpa tuya!
—¿Yo? —las fauces se arquearon en el remedo de una sonrisa—. Yo solamente hago lo que piden. Por eso hago—la fiera levantó la otra garra—, ¡esto!
Con un movimiento rápido, clavó sus larguísimas uñas en el corazón de la chica. En seguida empezó a retorcerlas y a empujar más, mientras Paulette chillaba.
La bala hizo estallar el costado de su cabeza, y la mató al instante.
El animal soltó el cadáver de Paulette y se volvió hacia Felipe con un rugido que estremeció la vivienda.
—¿Cómo te atreves a cortar mi diversión, sacerdote?
El arma todavía humeaba en las manos de Felipe.
—Porque se lo prometí. Y no me llames sacerdote. Ya no lo soy, reverendo.



—¿Te sientes bien, Felipe?
El sacerdote se volvió para mirar al arzobispo Golino.
—Su Excelencia. No tenía que venir.
El arzobispo se acercó y puso su huesuda mano sobre el hombro de Felipe. En la cama, una maleta abierta dejaba ver varias prendas y libros que el sacerdote estaba guardando.
—Cuando uno de mis mejores elementos pierde la ecuanimidad —dijo Galino pausadamente—, y decide gritar a todo pulmón ante sus únicos feligreses, que Dios nos ha abandonado, tengo que verlo en persona para saber exactamente qué es lo que pasa.
—¿No es obvio, arzobispo? —exclamó Felipe, mientras continuaba sacando prendas de un pequeño closet y las situaba con descuido dentro de la maleta—. La gente prefiere adorar a un Mesías que, de alguna manera, llegó a ellos más rápido y mejor que nosotros. Esto es el infierno, Su Excelencia. Y no estoy exagerando.
Las palabras causaron dolor en el arzobispo, quien tomó aire antes de hablar.
—Nuestro Señor trabaja de maneras extrañas, Felipe. Por favor, no te des por vencido. Te necesitamos. Ahora más que nunca.
Un acceso de tos inmovilizó al arzobispo. La sotana parecía flotar en su débil anatomía.
—¿Desde cuándo, Su Excelencia?
—Desde hace un par de semanas —dijo aclarando su garganta—. Nadie tiene una salud de hierro como tú. ¿No crees que Dios te ha elegido, Felipe?
El sacerdote miró a Golino a los ojos y expresó con inusual dureza:
—Dios no existe, Su Excelencia. Nosotros lo matamos hace mucho tiempo.



—A todos he logrado convertir —rugió el monstruo—. A todos, excepto ustedes dos que parecían inmunes…
—¿Quién eres, demonio? —exigió Felipe.
Los ojos del animal brillaron.
—El mismo, sacerdote. Yo soy ustedes y ustedes, yo.
El reverendo Simón se acercó a Felipe y lo agarró por el cuello, tal como lo había hecho con la mujer.
—Tu amiguita mató a su propio hijo —continuó—. Eso fue su perdición. ¿Acaso el bebé era tuyo?
—Ella lo liberó. Nunca podrás adueñarte de él.
—Lástima. Siempre hay lugar para los niños.
El animal colocó su hocico a pocos centímetros de la cara de Felipe. Su aliento era nauseabundo y el hombre tuvo que esforzarse para no vomitar.
—¡Imbéciles! —continuó rabioso—. ¿Acaso no se han dado cuenta de que sólo un alma pura puede dañarme? La mujer cometió un asesinato y tú negaste a tu Dios. ¿Cómo pensaban matarme? ¿Con agua bendita?
—Con algo mejor que eso, engendro —exclamó Felipe.
De algún lugar en su vestimenta, sacó un pequeño frasco y lo introdujo con fuerza en la boca del monstruo. El tejido del feto quemó todo al contacto. El animal apretó los dientes y cortó de cuajo la mano de Felipe. El ex-sacerdote gritó, agarrándose el muñón del que brotaba sangre como una pileta.
Los rugidos del monstruo eran ensordecedores, mientras las paredes empezaban a cuartearse, arrojando polvo y pedazos de cemento por todos lados.
Al tiempo que el animal se transformaba en una pira, sacudiéndose torpemente y encendiendo todo a su paso, Felipe yacía tembloroso en medio de su propia sangre.
Mirando el cuerpo sin vida de Paulette, y sintiendo que todo se desvanecía, recitó:
—“Dale lugar a la furia; pues está escrito, la Venganza es mía; Yo compensaré, dijo el Señor.”