martes, 6 de octubre de 2009

YACHAK

La montaña entera se crispaba, desde su más mínimo terrón hasta la más rotunda de sus rocas. Su matriz, de tierra comprimida por los siglos, se erizaba en un escalofrío intolerable.
Escalofrío. Calor y frío juntos. La fuerza, la unidad y la armonía abandonaban la tierra. En su lugar, un malestar, una evidencia de daño se apoderaba de las cosas.
El Yachak lo sabía. Su cuerpo presentía la alteración del cerro, húmedo y tibio en su cumbre que debía estar helada, y de las quebradas por las que, en vez del aire frío que debe ventilarlas, corría un viento cálido y malsano.
En la penumbra de la choza, acostado sobre el suelo y cubierto con su viejo poncho azul, José Sánchez, el anciano Yachak, sentía el mal del mundo. Lo veía reflejado en los rojos y diminutos ojos de decenas de cuyes que, acurrucados cerca de las paredes e inmóviles, lo miraban hipnotizados.
Su hijo y aprendiz dormía junto a su esposa. La melena de su nuera, negra y tupida, brillaba rojiza con la luz del fogón. El techo de la choza ocultaba en sus sombras las vigas que sostenían la cubierta de paja y los distintos objetos que colgaban de ellas. . .
En el sueño inquieto de su hijo, José Sánchez percibió que, aunque aquél captaba, el desajuste, aún no tenía la experiencia suficiente como para sufrirlo en toda su magnitud. Él sí lo sentía. Era viejo, había sido coronado como Yachak por un gran hechicero de la selva hacía tanto tiempo que su propia vida le parecía, a veces, una leyenda. Por eso sentía.
Lo había despertado la tensión de la pachamama (madre tierra) sobre la que descansaba su cuerpo. Sin hacer un solo movimiento puso todos sus sentidos alerta. Su pulso, sin conseguirlo, trató de acoplarse al del suelo. Abrió los ojos. En apariencia todo en la choza estaba bien, sin embargo, el desajuste de las cosas era tal que el mal se aposentaba en paredes y objetos, con el peso de una piedra negra y nociva.
Permaneció así durante un largo rato. Su hijo sudaba agitándose en un sueño febril; respiraba con dificultad, como si sus pulmones se revelaran. La mujer despertó asustada. Al mirar los ojos fijos de su suegro y el desasosegado dormir de su marido, recogió las piernas apoyándose contra el cuerpo tembloroso de su hombre.
Churi (hijo) –la voz del Yachak, grave, tensa, llenó la habitación– Churi, jatari. ujtiajatari, (Levántate, rápido.)
Lluntu, que también era Yachak, despertó a la voz del padre. Sin mover músculo, sin abrir los ojos ni cambiar de posición, empezó a interrogar a su cuerpo sobre lo que le rodeaba. Desconcertado por sus sensaciones, se incorporó para mirar a su padre.
–¿Yaya, pachamamaca ungushcachu? (¿Padre, la madre tierra esta enferma?) –Su propia pregunta le aterrorizaba.
–Ari. ungushcata hapinimi (Sí, siento la enfermedad.).
La mujer empezó a llorar en un falsete sostenido y desesperante, al tiempo que pronunciaba palabras incomprensibles y balanceaba su cuerpo.

La nave, como una alimaña enloquecida y diminuta, se internaba más y más en secciones poco conocidas de la galaxia. El piloto intentaba controlarla. Su mente; anegada por la marea fría y pastosa del temor, conservaba destellos de dolida lucidez.
La nave oblonga, luminosa y de apariencia pétrea, se proyectaba en la sección más apartada de la galaxia. Hendía el espacio, veloz y crispada, como un perseguido ser vivo. Eso era. En su interior, sus tripulantes compartían con ella el terror de ser presas de fuerzas inmensas, solo comparables con el destino o a la muerte.

Los diminutos TSKZZ de Orkyyun, pasajeros de la asustada nave viviente, eran seres en continua mutación. La voz les salía de las patas, los instantes en los que su cerebro se constituía en las células de sus ocho extremidades tubulares, o del verde cuerpo bulboso, cuando su mente reposaba en él.
Su sociedad era una de las más exactas y programadas del Universo. Eran expertos constructores de máquinas que, dotadas con las características de la vida, mezclaban células, moléculas, unidades electrónicas y fluidos subatómicos.
Entregaban el control de su existencia a sus creaciones, cuyas mentes seudoartificiales gobernaban su sociedad, sus viajes comerciales, sus tratados de intercambio tecno–económico con otras civilizaciones de la galaxia y su reproducción telepático genética.
En el universo de los TSKSS todo estaba controlado, cronometrado, medido. Todo, hasta que EL MIEDO los dominaba. Era una emoción, un estertor, un palpitar agónico en todas las células de sus cuerpos, que se extendía por los conductos bioelectrónicos de sus naves y en los cerebros seudoartificiales de sus computadoras.
Cuando EL MIEDO las atacaba nada podía salvarlos. Naves y tripulantes, poseídos por el mismo frenesí, se disparaban hacia lo más intrincado de la galaxia hasta desaparecer. Siempre había sido así. Siempre sería.

Había luna y, según lo comprobó Lluntu al mirar su reloj, aún no eran las diez. En el cielo despejado se veían con claridad el perfil curvo y plácido del Cotacachi y la mole irregular, opresiva y blanca del Cayambe.
La choza del Yachak estaba construida en la parte alta de la comunidad; mirando hacia abajo, se observaban las pequeñas sombras de las demás chozas diseminadas por las laderas del Mojanda.
El joven miró a su padre quien, inmóvil, auscultaba a la luna para tratar de comprender lo que sucedía. Su rostro ancho, de rasgos fuertes y nariz ganchuda, no tenía expresión alguna. Con el poncho sobre los hombros, fornido, de pequeña estatura y azulado por la luz de la luna, parecía una antiquísima escultura de piedra.
–¿Imatae rurashull, yaya? (¿Qué haremos, padre?)
–Fajehaman rigri.nehie, rumicunata tapimgapae (Iremos a la cascada para preguntar a las piedras).
Momentos después, padre e hijo se encaminaban, siguiendo imperceptibles senderos, hacia la cumbre de la montaña, hacia la cascada mágica de Peguche. Llevaban, en un morral, los objetos sagrados con los que el Yachac interrogaría a los espíritus.

El piloto, en un último y doloroso esfuerzo, aproximó su nave hacia el ecuador del planeta que tenía más cerca. Una atmósfera, básicamente de oxígeno, y nubes de agua condensada le ocultaban la superficie. Pronto su visión se aclaró, su capacidad perceptiva se acostumbraba en instantes a las nuevas condiciones de visibilidad. La escasa luz de un satélite iluminaba tres montañas gigantescas hacia las que se dirigía la nave, ya casi sin control.

Sobre un mantel blanco, el Yachak había dispuesto sus piedras en las posiciones exactas. Cada una estaba a la distancia debida de las demás, entre todas reproducían el mundo y las fuerzas que lo constituyen. Tenía obsidianas, cuarzos y rocas comunes, algunas eran romas piedras de río, otras mostraban sus aristas sin transformación alguna, unas pocas dejaban ver en sus contornos la huella del trabajo humano que había remedado en ellas, de manera tosca, hombres y animales. En el centro del mantel brillaba negrísima una punta de flecha de obsidiana, perfecta, aguzada, prehistórica.
Eran las piedras del poder.
Entre ellas el Yachak había puesto distintos objetos: trozos de hierro, cobre y madera, un transparente pedazo de cristal que reflejaba la flama de dos velas colocadas a derecha e izquierda, estampas de santos, un crucifijo de mármol, fotografías suyas en las que aparecía acompañado de sacerdotes o médicos.
Frente al Shamán, en el lado opuesto del mantel, se clavaban en la tierra una vieja y herrumbrada bayoneta de las guerras de la independencia, dos lanzas de chonta adornadas con plumas multicolores, una vara de madera blanca, con un hombrecito tallado en el extremo superior, acompañados de un fuerte látigo de metal y cuero. En el centro, de un bastón de eucalipto, colgaba un rosario de cuentas negras.
Todas las energías del mundo se reproducían y concentraban en la mesa del Yachak, por eso podía curar, conocer, controlar…
Frente a él, la cascada de Peguche se desplomaba cristalina, pura, fragosa, entre las obscuras rocas. A su espalda su hijo vigilaba, dispuesto a soplar contra los espíritus que, en esa noche terrible, podían agredir a su padre, concentrado en el diagnóstico del mal que conturbaba la tierra.

“Jesucritu jesucristu,
TaitaCayambe, Taita Chimbo
Mama Cutacachi.
San Pidritu
San Jusi
Shamui, sharl1ui”.

El Yachak invocó a los dioses cristianos y a los que miles de años antes habían protegido su mundo y el de sus ancestros. Luego, moviendo la punta de flecha de obsidiana y el trozo de cristal, interrogó al reflejo de la llama de las velas, durante largo rato. Fue como una corriente de viento helado. El alma de alguna piedra, enloquecida con lo que estaba sucediendo, se disparó hacia la espalda del Yachak.
Lluntu estaba preparado, sostenía una vela encendida en su mano derecha y mantenía en la boca un trago de aguardiente. Sopló el licor, a través de la flama, hacia el mal viento. Una llamarada iluminó la noche y con un siseo monstruoso el espíritu perverso se alejó hacia las profundidades.
Vinieron otros. La noche transcurría lentísima y sólo la fuerza inmensa del Yachak mantenía en pie y luchando a su hijo. Lluntu, en esas pocas horas, se enfrentó a oscuros vientos malignos, almas rojizas de muerte caliente, extraños pájaros que, huyendo de sus soplos, remontaban el vuelo para revolotear torvos sobre los dos hombres".
Fueron horas de angustia. El viejo Yachak no dejó un solo instante de invocar a los dioses e interrogar a las piedras.
–Mama quilla pacachishpa (La madre luna se está ocultando).
–Ari taita (Sí padre.)
–Yana Huaicu ri (Ve a la Quebrada Negra.) ,
–¡Cunan Taita! Chaipi manalli huaira causan. Huañushca tucurinimi. (¡Ahora padre! Allí vive un mal aire. Terminar muerto.)
–Ri. Ñucaca canta ricugrini.(Anda yo te cuidaré).
Lluntu, protegido por el aura que proyectaba sobre él su padre y por sus propias piedras de poder, que avanzaba contra el pecho, corrió por las laderas obscuras del Mojanda hacia la Quebrada Negra. Rezaba antiquísimas plegarias de fuerza y bienestar.
El joven debía encontrar en la quebrada una piedra iridiscente; luego de soplarle licor, se la llevaría a su padre.
Mientras tanto, el Yachak frente a su mesa de curación, dirigiría su poder, a través de las lanzas de chonta, hacia él.
Todo el camino lo acompañaron las risas y los graznidos de mil espíritus malignos que, enloquecidos, reptaban fuera de las acequias y los charcos e intentaban penetrar en su cuerpo para robarle el alma, para carcomerle la fuerza.
Llegó hasta la Quebrada Negra. De ella, en vez de un hálito helado –las quebradas son habitáculos de lo frío– trasuntaba un malsano vaho cálido, putrefacto, blancuzco. Aterrorizado, Lluntu gritó en su mente; el Yachak le respondió soplando con los brazos levantados y las manos abiertas. El aliento poderoso del padre fue abriendo una brecha en el vapor pútrido. Lluntu penetró por ella. Tras caminar varios minutos, con un agua viscosa y caliente embarrándole los pies erizados, encontró la piedra.
–¡Inti yayaca jahua pachamanta ñucanchicta ricunmi! (El padre sol nos mira desde el mundo de lo alto.)– Gritó, para de inmediato soplar aguardiente sobre la piedra que se iluminaba azul, verde y rojiza.
La extraña atmósfera de oxígeno fue enrarecida aún más por una lluvia corrosiva. El extraterrestre, postrado por el MIEDO, incapaz de reaccionar, se dispuso a morir, como lo habían hecho ya los miembros de su tripulación. Todos se abandonaban a una inconsciencia atormentada, destructiva. .
Nunca supo cuanto tiempo pasó en ese estado hasta que una voz retumbó en su mente. En un principio le habló en un idioma desconocido. Pronto fue capaz de entender lo que decía.
–¿Maimantatac shamungui supaica. Jahua pachamantachu, ucu pachamantachu?
–¿De dónde vienes demonio? –le preguntaba la voz
–¿Del mundo de lo alto? ¿Del mundo interior? ,
–Del mundo de lo alto –respondió el piloto–, creo que así podría llamar al lugar del que vengo.
El Yachak miraba extrañado la nave, colocada frente a su mantel y no mayor que la más grande de sus piedras. Lluntu, que la había traído, afiebrado y casi inconsciente se retorcía a su lado.
De alguna manera, el demonio que habitaba la piedra de colores le hablaba desde su propio cerebro, con una voz móvil que deambulaba por su cuerpo.
–Has enfermado mi mundo, –dijo el Yachak– has enfermado a mi hijo.
–Perdónanos, –respondió el piloto, casi desmayado en la sala de controles de su nave– no acostumbramos dañar a otros seres vivos, pero ahora estamos enfermos y hemos transmitido la enfermedad a tu mundo.
–¡Vete!
–No puedo. Moriremos pronto.
–y tu enfermedad se quedar y acabar con mi mundo.
–Sí
Ambos guardaron silencio. El Yachac sentía el dolor del demonio de la piedra de colores; el piloto captaba el sufrimiento de ese mundo que, sin querer, destruiría.
–¿Quién eres? –preguntó el Yachak.
–Un viajero –respondió el demonio– ¿Y tú?
–Un Yachak, un curador.
–Cúrame.
José Sánchez lo pensó intensamente. Esa era la única esperanza para la Tierra, para su hijo.
–¿Qué tienes?
–Miedo.
–¿Espanto?
–Sí.
El Yachak reconoció el mal del espanto. La falta de armonía. La ausencia de la fuerza que mantiene separados y en equilibrio al calor y el frío. El escalofrío de la pachamama. Todo se explicaba así. Era un monstruoso, un inmenso mal de espanto.
–Te curaré y te irás.
–Sí.
El Yachak entonces invocó a todas las fuerzas; a toda la armonía del universo. Luego de soplar más aguardiente sobre la nave empezó a gritar:

–Shamui, shamui (Ven, ven)
sumbra ispirituhuanmi (sombra con el espíritu)
shamui shamui (Ven, ven)
chiquicunata achuchicapac (deseo quitarte todos
munani los males que están en ti)
sinchicunata cuncapac (deseo darte todas
munani las fuerzas)
Shamui shamui (Ven,ven)
Yana urcu Cayambigu (Cerro negro, Cayambito)
Shamui shamui (Ven,ven)
Cutacachi,lmbabura (Cotacachi, Imbabura)
Shamui shamui (Ven, ven)
Caraquingu, Pidritu (Caranquesito, Pedrito)
Shamui shamui (Ven, ven)
Juanicugu. Jusitugu (Juansito, Josesito)
Shamui shamui (Ven, ven)
Lucita, Quinchimama (Lucita, madre del Quinche)
Shamui shamui (Ven, ven)
Bañus mama, Lajas mama (Madre de Baños, Madre de las Lajas)
Shamui shamui (Ven, ven)
Tucullagu tantarishpa (Toditos reunidos)
Tuciollagu, shinchicunata (Toditos las fuerzas
Cuchishpa , cuchispa den, den.)

La lluvia corrosiva limpió como un bálsamo los canales bioelectrónicos de la nave. La energía encontraba sus ámbitos y fluía por los adecuados circuitos subatómicos. Una infinita quietud se apoderó del extraterrestre y de sus compañeros. La palabra de ¡Yachak, como un calmante masaje, ordenaba los contactos de las computadoras y restablecía el manejo electrónico molecular de los datos.
Segundos después de la invocación, cuando José Sánchez aún no recuperaba del todo su conciencia, perdida durante la poderosa oración, la nave se elevó. Sus potentes luces multicolores iluminaron la mesa del Yachac, su cuerpo y rostro petrificados, la poderosa cascada de Peguche y las rocas entre las que caía.
–Yaya, yaya (Padre, padre) –gritó Lluntu recobrando el sentido.
–Samai, churi, samai. (Descansa, hijo, descansa.) –ordenó quedamente el Yachak quien, ya repuesto, miraba cómo una diminuta estrella multicolor se perdía en la noche inmensa."
Cuento publicado en el libro: "Profundo en la Galaxia". CCE 1998 - Alfaguara 2007

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