sábado, 21 de noviembre de 2015

LA ZORRA DEL AIRE


"La   Zorra del aire, de Fernando Naranjo, uno de mis cuentos preferidos de este autor, que describe a algunos personajes típicos de su ciudad natal, Guayaquil, desde el punto de vista de un extraterrestre que ha tomado la forma de una mujer de curvas generosas para poder estudiar mejor los sectores marginales de la raza humana". Raúl Aguiar





LA ZORRA DEL AIRE
Fernado Naranjo (Guayaquil-Ecuador 1954)
Minibiografia del autor al final de este relato

Es con lengua de soñadores que digo:
VÍA LÁCTEA
SECTOR CODIFICADO “ACQUA”
ESTRELLA DE II GENERACIÓN
TIPO ESPECTRAL G4
60 MUNDOS
9 PLANETAS
4 SÓLIDOS
5 GASEOSOS
III PLANETA
VIDA EN SIMBIOSIS
ESPECIES COMPOSITORAS: CETÁCEOS Y PRIMATES PRIMATES
SUBESPECIE: HUMANOS
HÁBITAT TÍPICO: CONCENTRACIONES URBANAS CONCENTRACIÓN URBANA DENOMINADA “GQ” PRÓXIMAAECUADOR PLANETARIO
1’800.000 ENTIDADES SEXUADAS SOCIALMENTE SEGREGADAS ESPACIO URBANO PERIFÉRICO
SECTOR CODIFICADO “GQG”
ESPÉCIMEN DE OBSERVACIÓN
ACTIVIDAD BÁSICA: SUBSISTENCIA A BASE DE INGESTIÓN Y POSTERIOR METABOLISMO DE SUSTANCIAS NUTRITIVAS (NITROGENADOS, FOSFATOS, AGUA, HIDRATOS DE CARBONO)
ACOPIO DE ALIMENTOS SOCIALMENTE DISCRIMINADO DESARROLLO CEREBRAL INFERIOR AL 10% PORTADOR DE TESTOSTERONA ACTIVIDAD DE INTERÉS COLATERAL: CÓPULA SEXUAL NO REPRODUCTORA
Y CONSUMO DE FERMENTOS DE ORIGEN VEGETAL
Acotación referente a mi inserción mimética en el estrato humano arriba tipificado: HE RECREADO UN CUERPO HEMBRA DE LA ESPECIE, NO INCUBABLE, semejante a la ilustración de un calendario que posee la criatura.
RÉPLICA DEL OBJETIVO DE LA MISIÓN: OBSERVAR y hacer acopio de registros moleculares secretados por el espécimen.

¡ATENCIÓN!: NO PROCEDE COMUNICACIÓN con el sujeto observado.
Espécimen NO es intelectualmente apto para intercambio de información. Ubicado en el estrato social mayoritario en este mundo, 65%, sus actividades se limitan a reproducir su fuerza de trabajo.


Y es con lengua de soñadores que recuerdo:
La tercera ocasión que observé la luna llena, lucía redonda en la noche estrellada. La temporada cuando el agua cae de las nubes había cesado y las actividades de los pobladores de este planeta se volvían más intensas; sólo un evento me parecía cotidiano: la criatura que observaba salía furtiva durante el período nocturno de su mundo. Evadía las luces y muchedumbres, eludía vehículos y charcos y caminaba entre las sombras. Voluntaria y sistemáticamente la criatura evitaba comunicarse con otras de su especie (aunque intentaba hacerlo —sin éxito— con cuadrúpedos ladradores, los de gran olfato); era huraño y silencioso. Una de sus extremidades inferiores presentaba una malformación de origen traumático que volvía torpe su andar y la obligaba a usar una prótesis rudimentaria. Su respiración iba acompañada con harta frecuencia de inhalaciones de residuos vegetales que se consumían lentamente en un receptáculo que sostenía con su boca. Sus pulmones no estaban bien pero, por entonces, atribuí la eventual extinción de su vida a complicaciones hepáticas ocasionadas por la absorción excesiva de productos etílicos. Su comunidad, periférica respecto de la concentración urbana llamada Guayaquil, estaba próxima a un brazo de mar.
La primera vez que aproximé este cuerpo que ocupó al de la criatura, a fin de percibirla mejor, tomé nota de su sagacidad: de pronto, el espécimen desapareció entre las sombras del crepúsculo... Aquello me llenó de estupor; es imposible, me dije, porque estas criaturas desconocen principios como la invisibilidad volitiva, así que juzgué que había confiado exageradamente en la capacidad visual del cuerpo y que simplemente la criatura se había escurrido. Tal vez quería jugar. Shhh... Silencio... Un ruido muy leve... ¡Y atención! Permití que una hormona hipertensora fluyera libremente por la red neural, y percibí intensificada una voz a las espaldas, aliento ácido en la nuca, un brazo que apretaba y asfixiaba al cuerpo. Me veo luchando torpe y desesperadamente por zafarme. Me ahoga, me mata, quiero respirar. Había sucedido lo que temía: me había compenetrado con el cuerpo.
—¿De dónde sales, gatita? —dijo, entrecortada, la agitada voz del espécimen.
Señalé hacia el espacio con el dedo más largo de la mano siniestra y entonces él me soltó
compasivo y pareció festejar mi comunicación. Luego me observó con largueza, caminó a mí alrededor y, de súbito, se aferró a la cintura, me hizo girar sobre los talones, y me soltó, me dejó en el aire un segundo, y me agarró nuevamente, evitando la caída, como si se tratara de un baile, y sin soltar su prótesis de madera.
—¿Cómo puede salir del aire mi’jita, sin que nadie la haya secuestrado? ¡Venga, que la acompaño!
Articulé entonces mis primeros vocablos:
—Esa no es la ruta de tu puerta —le dije. Pero aquello lo incomodó, se envaró desconfiado y, sin que pudiera anticiparlo, me tomó del brazo, lo torció contra la espalda y, me llevó a la fuerza por varias callejuelas. Evadió grupos de individuos que expresaron gran curiosidad por nosotros como pareja, cruzamos luego un puente rudimentario que él sorteó con habilidad, a pesar de su cojera, y llegamos finalmente a un cobertizo lacustre que era su estación de trabajo. Vi una canoa amarrada a uno de los pilotes de su vivienda, percibí el olor de las marismas cercanas impregnado en todos los enseres, mientras el viento de la tarde secaba redes zurcidas el ropaje del sujeto.
—¡Pasa! —me ordenó— ¡Aquí es donde me vas a decir qué carajo te traes!
No solo había curiosidad en su talante. Además crecía un odio germinal que se tradujo en un empellón brutal que me arrojó de bruces en la oscuridad. Atracó la puerta con la prótesis y, rengueando, se aproximó mientras me incorporaba. Deploré que el/mi cuerpo no registrara en el infrarrojo del espectro, pues no podía verlo y todo el sitio era como una caja de sonidos. Sin dejar de renguear dio vueltas y vueltas por la habitación. Podía sentirlo hablándose, aconsejándose, dándose ánimos sobre cómo proceder. Se apoyaba con solvencia en muebles visibles sólo para él, bloqueaba cualquier intento mío de pararme y escapar de su control.
—¡Estate quieta o te mato! ¿Me oyes? Te tengo chequeada, pendeja, desde hace días. Tú a mí no me vas a hacer cojudo. Dime qué te traes —decía, mientras sus dedos comenzaron a hurgarme por todos lados. Sin su prótesis de madera sus movimientos eran torpemente pendulares y su tacto se volvía ciego, así que encendió una lumbre sobre una mesita. Me miró desde su modesta altura y noté que su rostro expresaba una satisfacción profunda.
—¿Puedo olerte? —pregunté, y olí a caries en su risa.
—Con el “Cojo” puedes hacer lo que quieras y lo que se te antoje, mujer. Todo, menos tratarlo de tonto. Dime, ¿quién te manda? ¡A ver, a ver! —murmuró sorprendido al introducir su mano abierta bajo el vestido—. ¡No traes nada por dentro! ¡Eres una zorra, claro! —dijo como si hubiera hecho un descubrimiento extraordinario y concluyente—. ¡Una zorra del aire!
Entonces al sujeto se le humedecieron los ojos, extendió tembloroso las manos largas, ásperas y nudosas, me abrazó de costado, y con sus piernas se adhirió a la/mi piel del muslo, y comenzó a menearse como un ladrador. Percibí con nitidez sus secreciones internas: una asombrosa marejada de hormonas hipertensoras le comunicaba una exaltación incontrolable que bloqueó sus procesos mentales de abstención. Sin despojarme de la indumentaria, la mano que tenía por delante se entretuvo un buen rato con los pezones de los senos del cuerpo, mientras que la otra estaba anclada entre los glúteos; luego giró detrás del cuerpo y, mientras jadeaba contra la nuca, sus manos que anidaban y sopesaban los senos, descendieron por el/mi estómago, saltaron como arañas a las rodillas y entonces ascendieron brutalmente a lo largo de los/mis muslos hasta incrustarse en el/mi sexo, que estaba pleno de secreciones lubricantes. El cuerpo reaccionó ante la violencia del sujeto, sintió dolor y, automáticamente, golpeó con el codo al hombre que distendió sus mandíbulas para reír a carcajadas.
—¡Qué majadera, mi’jita! ¡Qué majadera, por Dios! ¡Y qué mojada que está! Venga conmigo, mujer. Sé qué hacer en estos casos.
9 Rengueando, la criatura tomó la lumbre que hacía surgir objetos de las sombras hasta que, de un
rincón, surgió un catre. Sacudió las sábanas, se sentó al borde y, mientras me observaba, golpeó insistente cariñosamente el espacio donde yo debía sentarme. Los olores que emanaba eran tan penetrantes que pensé que todo el vecindario debía percibirlos y que no sería nada raro que, de pronto, muchas hembras de la especie aparecieran atendiendo a la llamada del macho... Pero nada semejante sucedió. El sujeto comenzó a desnudarme lentamente, lo cual no cuadraba con el esquema presentado, ni con lo acelerado de su pulso ni con la ininterrumpida secreción de hormonas.
Provisto de unos arrestos impredecibles, aquella noche copuló hasta el amanecer y, con los primeros rayos de su estrella, se volvió locuaz. Me habló de su vida y de sus venturas, y cuando su historia dio la vuelta y llegó, de nuevo, a su presente, me confirmó que era su ángel, que no era más que una zorra, que me largara al clarear, y que no me fuera. La luz de la mañana se filtró entre las hendijas de los mamparos de la casa iluminando la cama, y entonces notó que había sangre en las sábanas, y así percibí, por primera vez, el inconfundible olor del pánico.
—Tu edad, puta de mierda, dime. Dime: ¿cuántos años tienes?
No supe qué responderle. Era tan interesante su miedo y la necesidad de conservar el registro de semejante olor, que tartamudeé. Supuse que el cuerpo debía representar 20 o 22 revoluciones del mundo alrededor de su estrella, o como 240 períodos lunares...
—Como veinte años —dije.
Su reacción de alivio fue expresada con tos sonora y fingida, lo cual me decepcionó, pues inmediatamente desapareció el olor del miedo. En cambio, suspiró enternecido —y, bueno, olí su ternura—, me tomó la cabeza entre sus recias manos y apretó sus labios sobre la/mi frente. Luego volteó las sábanas, y haciéndome cómplice de su ocurrencia con ojos entornados y alegres, abrió las ventanas de par en par y las colgó, como cortinajes en cuyo centro destacaba el manchón de sangre que proclamaba que el cuerpo había sido penetrado por primera vez.
Mas, la euforia fue fugaz y pronto se llenó de amargura. Se puso a maldecir insistentemente porque, según él, aquello era demasiado bueno como para que le sucediera al “Cojo” y volvió a su cantaleta (“pronto te largarás, puta de mierda”), y a anunciar que desde ese instante tendría que alistarse para el momento en que me largara de su lado, y hasta describió el tipo de sujeto con quien lo haría.
—Vamos, mujer. Tengo que llevarte a casa.
Salimos de la covacha y avanzamos silenciosos a través del rumor del nuevo día. Me miraba resentido pues, a medida que nos aproximaba-mos a su morada, debía soportar la broma de vecinos madrugadores. Pensaba en mí como si fuera de su propiedad (“eres mía, mía, mía”) y lo enfurecía que otros hombres hicieran ostentación de sus deseos de copular, mientras los dos caminábamos.
Cuando entramos a su hogar me preguntó si sabía cocinar. Se refería al método humano de transformar en digeribles los alimentos por calor. Él respondió por mí y se enojó consigo mismo por esperar demasiado de su zorra del aire.
—¡Ah! Porque tirar si sabes ¿no? Pero... ¿cómo aprendiste si eras...? ¡Ah! ¡Qué diablos! Lo que importa es que lo haces como un demonio. Eso, como dice mi compadre Antenor: culear, comer y cagar... para un pobre debe ser suficiente.
El temor de que me fuera lo retuvo en casa por algo más de dos semanas. Un día viernes, cuando se agotaron las provisiones, coincidió que en el depósito de alimentos, le cerraron el crédito. Con resignación —un olor muy peculiar pero abundante— me dijo que tenía que camellar, y que me iba a dejar encerrada.
—Me limpias este relajo, y me preparas unos patacones. Yo he de llegar como a las seis, así que no se te ocurra prepararlos con demasiada anticipación, que yo detesto el verde frío. Ponte pilas.
Quedé a solas y recapitulé las semanas junto al hombre cojo. Me satisfizo entender cada vez mejor las sutilezas de su lengua y evalué con mayor objetividad el campo de sus pasiones. Comprendí que los humanos tuvieran tan poco desarrollados sus lóbulos olfativos porque dejan todo el trabajo a los ojos y al lenguaje. Sentí que yo le fascinaba, y que la criatura expresaba por mí un fervor análogo al de los ladradores por sus amos. Copulaba con ansiedad, con tristeza, con rabia, como animal. Guardo muchos registros olfativos de esa época pero, dado que el campo de acción se tornaba limitado, decidí ampliar mis prospecciones hacia otros humanos del entorno.
Entonces anocheció... El hombre volvió a casa lleno de ansiedad, disimulada torpemente con un disfraz de reproches. Pues lo cierto era que se alegraba de que no me hubiese marchado y no se acordó de los patacones.
—¡Mira! —dijo con placer. Y me mostró una sarta de crustáceos decápodos, ricos en oxalato de calcio, que fueron extinguidos hábilmente por su cuchillo. Luego los lavó, aderezó y cocinó a fuego lento (“para que aprendas”). Al terminar la tarea, continuaba sombrío. Salió hacia los abarrotes y volvió con dos sujetos y varios recipientes de fermento de cebada.
—Les presento a mi mujer —dijo circunspecto—. Mujer, estos son el “Pitufo” Cortez y Gerardo...
—Ponce, para servir a su merced —interrumpió el nuevo espécimen, haciendo una inclinación.
Las nuevas criaturas me perseguían con sus miradas sedientas, como si lidiaran con una fuente, en especial cuando trasponía el umbral del cuarto de cocción y la luz transparentaba mi atuendo. Estos sujetos estaban mejor conserva-dos que la criatura coja, pero el que dijo llamarse Ponce era tuerto.
Comieron hasta hartarse y entonces el cojo se marchó por más cervezas. Fue en ese instante que sucedió la transfiguración de Ponce y el “Pitufo”, de seudo-mansos visitantes en cazadores tenaces y hambrientos.
—El cojo es buena gente, señora —dijo Ponce, reservadamente olisqueándome las orejas—. Pero a que no se imagina por qué se quedó cojo. ¿Ah? Travesuras, señora. Trastadas del cojo cuando no era cojo. Un día lo pescaron empiernado con una mujer ajena y casi lo matan. Tuvo que tirarse casa abajo.
Unos ruidos tenues y sofocados me revelaron el retorno del cojo que, al acecho, se ubicó detrás de la puerta. Todo en él era tensión, mutismo controlado, tensa inmovilidad para escudriñar atentamente los entresijos de la conversación. Había nuevos olores en todo ese espionaje y me dirigí deprisa hacia la entrada, pasé delante tal tuerto que me agarró los glúteos con desesperación, pero en eso el cojo empujó la puerta violentamente y me arrojó contra Ponce, que emitió un fugaz aroma de miedo.
—¿Tienen algo de música? —preguntó el tuerto, pugnando por salirse del susto. Ante la pregunta, el cojo se tornó solemne y allí, de pie, bajo el dintel de acceso, recortando épicamente la exaltada luz del atardecer de este mundo, ordenó: “Póngase a Carmencita Lara, mi’jita”.
—¡Eso está muy bien! —celebró Ponce—. Esto va para largo, si no le molesta a la señora.
El cojo lo miró con total desprecio, pero su control de la situación se redujo en forma terrible, lo que me pareció apropiado y conveniente. No podía ser que acaparara en sus manos mis posibilidades de comprobar si los olores de los nuevos especímenes eran réplicas exactas o no, para situaciones análogas de pretensión de cópula. Intuía que no debían diferir de sujeto a sujeto, pero identificar compatibilidad sexual por aroma sería una frustración perpetua para la evolución de esta especie... Por eso confiaban tanto en sus ojos...
—¡Aquí, estimado amigo, el que manda soy yo! ¡Así que compórtese! —declaró ruidosa-mente el cojo, sacándome de mis devaneos.
—¡Puta, pana! ¿Qué me quiere decir? —rebatió Ponce, desafiante. —¡Tranquilo, ñaño! —intervino por primera vez el “Pitufo”—. Esta es su casa.
—¡Sí, pero es que viene con huevadas! Yo sólo he dicho que si soy bienvenido me quedo. Si no,
me barajo y punto.
El cojo se refugió en su silencio. Ya no podía echarlos. Registré su cansancio: estaba energéticamente descargado y no se esforzó más por mantener el liderazgo sobre las actividades de la casa. Prefirió continuar libando... Como era de suponer el sueño terminó por dominar su rabia.
El aroma de su sueño expresaba inquietud. La amplitud perceptiva del espectro olfativo que implanté en el/mi cuerpo daba resultados pero, a ratos, optaba también por levantamiento audio- visuales, como en ese instante, cuando la fase movimiento-ocular-rápida del sueño de la criatura coja indicaba que su cerebro descarga basura emotiva. El síntoma era contundente, pues el cojo roncaba.
Los nuevos ejemplares se alegraron con este desenlace, enseñaron sus dientes, suspiraron y se frotaron las manos con regocijo, hablaron elocuentemente con señales de ojos y manos y acordaron acciones concertadas y estrategias. De los dos, el líder indiscutible era Ponce, a pesar de que su impulso sexual era de inferior calidad que el generado por el más joven, que se retiró desalentado cuando el tuerto así lo dispuso. Antes de que se fuera le dije, al oído, que volviera luego, que deseaba percibirlo también.
—La señora quiere estar conmigo, Ponce. Escúchala.
—¡Termina ya barajarte, conchetumadre! —lo imprecó el tuerto y lo empujó puertas afuera. Luego, dirigiéndose a mí, pidió que la prestara el baño, “señorita”.
Mientras pugnaba por catalogar el aroma residual de la desilusión del chico, guie a Ponce hacia un patio lateral, cuando me sorprendieron sus mucosas bucales en la nuca. ¡Qué contrariedad! Lo cierto es que el cuerpo no podía anticiparse adecuadamente a los hechos, y las reacciones no siempre eran objetivas: aparté al tuerto con un empellón que lo dejó sin aliento y el sujeto manifestó su estupor ante la fuerza que fui capaz de transmitir. Temí, por un momento, que se retirara, pero atisbé algo novedoso: la fragancia de la templanza; que, enseguida se replegó y dejó paso al olor correspondiente al de una excitación tal que no le quedó más objetivo en su cerebro que el de penetrarme.
Y me penetró. Con furor, con mucha rapidez y altanería, inmensamente preocupado por la opinión que pudiera guardar de él una vez que hubiese concluido. Su eyaculación fue precoz y aquello lo puso de mal talante. “Usted es fría, señora... Usted no goza. Usted no parece mujer”, manifestó ofendido. Luego salió deprisa, escupiendo al suelo.
Al instante, regresó el “Pitufo” cauteloso y lleno de ilusión. Olía a un temor inepto y cando-roso que lo paralizaba. Lo llevé de la mano hacia el catre y resultó compensador comprobar que su excitación, lejos de mitigarse con el paso del tiempo, se había incrementado, y que sus aromas eran más intensos que todos los registrados hasta entonces. Lo atribuí a su juventud y a una emoción- semilla, una suerte de pasión en ciernes que podía hacer fracasar el objetivo aséptico de la misión de no involucrar aspectos comunicativos con los seres del mundo.
El caso es que el joven comenzó a disponer del/mi cuerpo de una manera casi religiosa. Había esmero y fervor, una entrega altruista y apasionada. Aun más: él NO era objeto de sus preocupaciones y, mientras calibrada sus emociones, se dedicó a administrar inteligentemente todas las posibilidades sensoriales del cuerpo hembra. Lo más extraordinario era que había pasado por alto los aromas que este cuerpo era capaz de producir en circunstancias análogas de excitación, que era el estado hasta donde el joven lo había llevado. Después, se dio una insólita respuesta, una preocupante autonomía del/mi cuerpo; autonomía que, en ese momento, ni podía ni quería sublimar. El cuerpo se movía sincopadamente al ritmo que imponía la penetración del joven mientras era hurgado, estrujado, lamido, besado, mordido, con dosificado embeleso por parte de él. Contra todo pronóstico el/mi cuerpo le contestó. Lo acosó, le exigió, lo llevaba y lo traía, lo volvió loco hasta que naufragó, a gritos, en el aroma de esa locura breve que, me temí, este/mi cuerpo iba a querer repetir, de allí en adelante, con verdadera frecuencia.
Y las lunas pasaron, pasaron y pasaron. Con el tiempo, el cojo desarrolló la feromona del disimulo y me espiaba con moderación, anhelando dar con algún indicio que legitimara su derecho a reclamar mi vida como de su propiedad.
Un día me obsequió un cachorro de ladrador... ¡Qué hallazgo! Con el perro desarrollé una conexión olfativa idealmente compatible con mi actividad. Su ayuda fue inconmensurable pues sus reacciones aromáticas eran extremadamente sensibles y, por tanto, más desarrolladas que las del/mi cuerpo. El animal realizaba una catalogación de la estructura química de los olores tan compleja y diáfana, que pude archivar con mayor facilidad los registros útiles para la misión.
Cuando creció se convirtió en mi celador y, si salíamos de compras a la abacería, buscaba mi olor en la entrepierna de los sujetos que habían estado conmigo, lo cual provocaba hilaridad entre los amigos del cojo. Otros hábitos del perro, al orinar por ejemplo, o al encontrarse con otro ejemplar de su especie, o al buscar comida, me permitieron evaluar la “duración” de los olores en términos de tiempo, que es un componente no contemplado por los diseñadores de la Misión de Observación del Mundo de Agua.
Mis investigaciones se dirigieron, entonces, hacia el registro de residuos aromáticos en genitales sin cópula reciente. Pude inferir cuándo fue la última vez que copularon, el promedio estadístico de cópulas por unidad de tiempo, las edades, estrato laboral y los rezagos aromáticos de las criaturas involucradas. Descubrí de ese modo una práctica muy común en el vecindario, y muy mal disimulada por los protagonistas, conocida como adulterio. Lo que tornó más comprensible la actitud del cojo hacia este cuerpo, aunque nunca “se las olió”, como lo hacía el perro.
Momentos propicios para estas pesquisas fueron los viernes, como el descrito al comienzo de mi permanencia en este mundo.
Pues sí, los viernes proliferaron. Y se convirtieron en decenas de viernes. Los aspecto técnicos de la misión no se volvieron rutinarios debido al enfoque, verdaderamente insólito, que el cojo desplegó con respecto a sus relaciones con... conmigo.
Fui su señora, según el estado de la marea de sus endorfinas, de su talante, de su estado anímico, y de domingo a jueves. Respetaba en silencioso los períodos menstruales, persistía a ratos en enamorarme, y abandonó finalmente su tarea de colector de crustáceos. Inauguró, en compensación, una “cantina” que le permitió librar copiosamente, gracias al diferencial monetario obtenido del inmenso consumo de cerveza que sus amigos hacían, mientras esperaban con ansias que, por favor, se durmiera. Todos los viernes, cuando el salón estaba lleno, el hombre cojo me exhibía por la sala y, tomándome del talle, me hacía girar en el aire y me recogía siempre sin dejarme caer y sin soltar su muleta, como lo hicimos el día de nuestro primer encuentro. Esa era la presentación de rigor que todos sus clientes esperaban y aplaudían.
La casa, naturalmente, cambió en su funcionalidad. Llenó la sala de mesitas y bancos, amplió el retrete, puso un mostrador de atención, un pedestal para el perro que se volvió enorme, y me vistió con ropas más ligeras y traslúcidas que lo usual entre las hembras de la vecindad. Estas desarrollaron, a partir de entonces, un odio furibundo hacia mí, lo que enriqueció los depósitos de aromas, que fueron debidamente catalogados gracias a los muchos contactos que las aludidas se dieron forma de entablar conmigo. Consistían, básicamente, en reclamos airados ya fuere en la abacería o en la carreta del legumbrero, donde primaba el sesgo furioso y resentido que generaba mi presencia en el vecindario.
Sólo una ocasión se dio un encuentro sexual con otra hembra. Los aromas eran semejantes a los secretados por el cuerpo, con las sutiles diferencias de rigor y, en cuanto a su intensidad, quedó anidado en mis archivos que los efectos en mi cuerpo fueron semejantes a los inducidos por el “Pitufo”, que prefirió marcharse antes que verme “envilecida”.
Como era de esperar, su nueva actividad económica acarreó nuevas pautas de conducta para las que no siempre el cojo estuvo preparado.
Un día, por ejemplo, como seis meses después de su partida, el “Pitufo” volvió. El cojo dormía y, a pesar del riesgo que implicaba pasar por encima del turno que otro respetaba escrupulosamente, el joven espécimen de otros días me tomó a su sabia manera.
Seguramente alguien le fue con la noticia y, más despierto que nunca y armado con un cuchillo enorme, el cojo se abalanzó contra el joven que yacía conmigo. El “Pitufo” evadió la arremetida con un salto felino y volador. Desnudo, con la verga colgante, corrió al salón donde se hizo de un taburete para defenderse. La gresca fue memorable, así lo comentaron todos los vecinos, los clientes de otros barrios y hasta los policías vestidos de civil. Qué fintas las del cojo, qué manera de saltar y resortear el Pitufo. Era una danza de habilidades, ágil y frenética, bajo un espacio cuajado de planetas rojos, verdes y amarillos que rebrillaban en los cristales, en los espejos, en el sudor de los rivales, y que abrigaban la mística unión de los presentes.
Finalmente el agotamiento venció al hombre cojo. El hombre se paró en medio de la sala con el cuchillo apuntando hacia la noche, jadeando, con toda su furia inútil al descubierto. La gente declaró que, en vista de que le Pitufo resistió el ataque sin ofender a su agresor, pero que dicho ataque era justificado, el Pitufo debía disculparse con el cojo y el cojo disculparlo. Este, como respuesta, escupió al piso. Pero entonces Ponce, que desde aquella vez nunca había persistido en tomarme, intervino delante de todos:
—¡Pero, qué mierda es lo que te pasa cachudo hijoeputa! ¿Te cuesta aprender a ser chulo? Si no sabes cómo hacerlo cierra, entonces, esta huevada que si la gente viene no es para pelear contigo, viene por ella, ¿entiendes?, y tú lo que tienes que hacer es cobrar. ¡Cobrar!
Aquella noche, después de destrozar el mobiliario y de gritar por qué, por qué hija de la gran puta, el cojo trajo una hembra al cuarto y me obligó a presenciar el acto sexual con aquella mujer.
—¿Te gusta? ¿Te gusta? —repetía una y otra vez. Naturalmente yo me acerqué e hice una prospección aromática bastante detallada y novedosa ya que, hasta entonces, todas las cópulas registradas habían sido conmigo.
Inmediatamente después nos mudamos. Consiguió una casa más amplia en el mismo vecindario, trajo más mujeres para que atendieran y copularan con los hombres que se imaginaban que lo hacían conmigo (él mismo las escogía: porte, corte y color de pelo, vestuario, etc.), vendió más cerveza que nunca, pero jamás repetimos la escena del baile por la siguiente razón: la nueva casa era muy amplia y solariega, un “dije”, según el decir del Cojo. Pues bien, aquel día estaba nítido y afeitado, lucía más joven con sus prendas de domingo, y en un arranque de alegría y espontaneidad, me invitó a ensayar lo del baile. Fue un esmerado ritual: él se acercó circunspecto, me pidió que le aceptara una pieza, yo accedí, pero entonces le fue difícil sostenerme y me dejó caer. Aquello fue fatal para su estima, se reprochó lastimera-mente, se dijo viejo, se dijo débil, sin darse cuenta que lo que pasaba era que mi cuerpo había subido de peso.
En todo caso fue para bien pues mis archivos se repletaron de experiencia olfativas indescriptibles. Él, en cambio, se volvió taciturno, agresivo, y nunca más volvió a tomarme ni a oler como la primera vez. Tiempo después, tuvo ocasión de ceder y mostrarme algo de ese cariño, que poseía agazapado detrás de su actitud y de su negocio, cuando tuve el primer infarto y rodé por los pisos delante del can que, disciplinadamente, me olisqueó el culo. Era muy de mañana y el escándalo como que estaba fuera de horario. Lloró, gritó y corrió como un poseído pidiendo ayuda al vecindario que, a esa hora, ocupado sólo por las hembras que hacían sus quehaceres, le dio gozosamente la espalda. “Gorda mía, no te me vayas”, lloró con desconsuelo.

Y por entonces no me fui. Pero la misión estaba, virtualmente, concluida, así que opté por retrasar el metabolismo del cuerpo, extirpé el funcionamiento de su tiroides, le incrementé el colesterol, peso y presión arterial, lo volví adiposo, casi obeso, a tal punto que lo tengo a un pelo de un paro fulminante, gracias al cual me iré de ese mundo sin tanto barullo, tal como llegué.

MINIBIOGRAFIA



Fernando Naranjo Espinosa (Guayaquil, 1954).  Arquitecto, acuarelista, y narrador. Publicó “La era del asombro” (Quito, 1994), “Cuídate de las Coriolis de Agosto” (2005) y la novela policial “Guasmo Sur” (2013) . Sus trabajos aparecen en antologías y publicaciones ecuatorianas y de otros países. En 1979 obtuvo una Mención en el concurso José de la Cuadra. En 1991, una Mención en el concurso de El Universo y en 2011, el tercer premio de relato en el concurso internacional LAIA, NY. Con “Guasmo Sur” obtuvo el Segundo Premio en el XII concurso “Angel Felisísimo Rojas” en el género Novela.