sábado, 14 de mayo de 2016

¿Qué hace una mujer como tú en un lugar como éste?

Solange Rodríguez



La inquietud vino desde el sector delantero de la fila y se extendió hasta donde me encontraba. Cientos de zumbidos, aleteos, chasquidos y vibraciones se dirigieron hacia mí, frustrando mi propósito de pasar inadvertido bajo el disfraz vegetal que estaba usando. El problema de ser humano y también agente viajero es la mala popularidad de nuestra raza. Desde la gran peste no éramos precisamente la especie más querida de la Vía Láctea. El polimorfo que estaba delante de mí en la hilera, se giró y me miró con sus ojos amarillos rezumando asco: “Humano” dijo con un chasquido viscoso de sus valvas y cambió de forma hasta volverse una muralla de escamas. Yo me ruboricé y por ese cambio químico, obviamente, liberé olor. Nada podía hacer ni el tinte verdoso ni la corteza tan cuidadosamente adherida, centímetro a centímetro, sobre mi piel para cubrir ni mis respuestas hormonales ni mi risa nerviosa.
Las carcajadas humanas alcanzan de 60 a 65 decibeles, pero en una de las primeras reuniones del ORBICOP, tras discutirlo (había muchas leyes absurdas que poner para frenar a las especias con más sobrepoblación de esta galaxia), decidió que en lugares públicos los sonidos humanos no podrían pasar de 50 decibeles, por consideración a quienes no tenían tímpanos si no membranas hipersensibles. Una conversación promedio, si es acalorada, puede llegar hasta 70 decibeles. Otra de las reglas tenía que ver con el olor. Aunque la gran mayoría de nuestra raza no había estado enferma, nos obligaban a tomar tres duchas desinfectantes por día. Pero estar en la situación en la que yo me encontraba: a punto de tomar un arca rumbo a la Galaxia Enana del Sextante, para emprender un viaje largo con miles de extraterrestres, era para ponerse a dar de gritos y sudar a chorros. “El silencio te permite escuchar la música estelar,” decía el ORBICOP a manera de consuelo. Pero nosotros no poseemos ni la telepatía ni la epidermis sensible de los proteicos, los energéticos o los polimórficos. Para nosotros las estrellas son millones de lucecitas silenciosas colgadas del cosmos, interesadas en adquirir el único bien humano que no pudo ser erradicado por el ascético sistema ORBICOP: las bacterias. Los humanos tenemos millones de bacterias en nuestro organismo. Somos un campo fértil de vida, y no hablo de los elementos patógenos; hablo de recursos tan cotidianos como la saliva o la producción de otras membranas y sistemas que cualquier organismo sano secreta, abundantemente, sin saber del tesoro que lleva dentro y de cuánto puede costar en el mercado negro. Las bacterias humanas, generan fermentos y otras enzimas que para ciertos paladares monstruosos pueden resultar exquisitas. Han sido también un elemento esencial para crear armas biológicas en la guerra entre planetas. Esa sí, la guerra, no fue solamente una invención nuestra. En toda forma de vida existe también el germen del enfrentamiento. El virus más poderoso atacará al más débil, así está escrito. No nos sucedió solo a nosotros; sigue pasando secretamente, solo que algunos humanos, a cambio de ciertos beneficios, hemos decidido proporcionar la materia prima. Visto desde ese ángulo, hemos resultado ser, de veras, una raza perniciosa, devastadora y prolífica
Que el ORBICOP nos haya quitado el planeta Tierra para sanarlo después de la peste, como quien hecha de su casa a los malos inquilinos, ya fue insultante, pero el decreto de separar hombres de mujeres y colocarlos en colonias productivas hasta “recuperar la mente” de las secuelas de la enfermedad y la muerte, nos recordó a todos lo que hacen los vencedores de la batalla final con los vencidos: lo que les da la gana. Únicamente los limpios pueden salir y rehacer su vida. Conseguir una hembra sana, sembrar tierra artificial, hacer colas más largas que ésta para llenar una solicitud de fertilidad y esperar que la aprueben antes de cumplir 90 años, dándose las duchas inmunológicas cada día para asegurarse de que sigue limpio, pero vamos, ¡somos humanos! ¿Quién puede estar del todo limpio? Otros nos hemos saltado ese paso y traficamos con lo que tenemos. La vida se abre camino. Conseguimos a cambio de algo tan simple como tubos de lágrimas, piezas gratis en los hoteles y, por unos centímetros de cabello, acceso a hembras artificiales, damas de viaje que se reservan justamente para huéspedes que siempre hacen largas travesías, como yo. ¡Quién diría lo atractivas que resultaron las formas de las muchachas humanas a los ojos de otras especies de la galaxia! Tienen gran demanda, entonces. Para separar la noche entera, toca dar algo más: recortes de uñas, algunas pestañas... Hay madrugadas en las que me despierto y miro a través de de la bóveda trasparente que tienen los hoteles en su último piso —casi siempre pido esas habitaciones; soy un romántico— e imagino que la mujer que está a mi lado no es una mezcla de pelo sintético, vinilo, silicona y líquido temperado, si no una real, de esas que se niegan a lo que le pides e incluso te pueden devolver un golpe si te pones violento. Una hembra de verdad. Pero son anhelos normales e imperfectos. Honestamente, no quiero la tierra ni el hijo. O al menos eso creo. Le sirvo más al ORBICOP de este modo. A alguien tiene que perseguir.
Entonces la vi. Avanzaba lenta y apretadamente, con el resto del ganado espacial en la fila que salía del arca. Para haber realizado un viaje de 36 meses, lucía serena. Ni rastros de la alteración ocular que dicen que se sufre por permanecer dentro de la penumbra de las cápsulas. Al igual que yo, había intentado camuflar su naturaleza humana con otro de los disfraces más usuales: el mineral. Pretendía ocultarse tras el cuarzo y la bakelita de los mutantes de tierra con idénticos resultados a los míos: un fracaso estrepitoso que era sancionado con abucheos y gruñidos de sus compañeros de fila. El pleyadiando que se encontraba a sus espaldas sufría de arcadas porque el sudor humano, ácido y salino, resultaba insoportable para sus apéndices olfativos. Y allí estábamos. Dos repudiados sociales que se encuentran en el medio de una estación de paso, perdida en una estrella de nombre impronunciable para nuestras cuerdas vocales ¿Quién era ella? ¿Por qué se ocultaba? ¿Alguna vez fue de los limpios? ¿Ya había sido adquirida? O quizá era de las otras, de las que tienen suficientes recursos para poder adquirir y, entonces, son ellas las que van a las colonias a elegir especímenes masculinos que puedan fecundarlas. A todos nos hicieron poner en hilera alguna vez. A éste, sí; a éste, no. Y era una bella hembra. Sana, de ojos y músculos firmes. Lo supe porque un hombre sabe esas cosas aunque la mujer estuviera oculta detrás de una cortina de acero o tras kilos de material rocoso, como ésta. Utilicé los viejos métodos: le clavé la mirada, intenté un silbido… todo inútil. Era como si yo no existiera. Quizá mi disfraz no lograba engañar a ninguno de los pobladores de la fauna espacial, pero sí a las humanas. Y a medida que se acercaba, la captaba en el aire: la densidad de su cabello, el movimiento de la saliva al pasar por su garganta y no únicamente eso, sino otras funciones mucho más íntimas como el ritmo nervioso de su sangre al salir de su corazón y extenderse por todo su cuerpo caliente. Y bueno, por algo perdimos todas las batallas. Nunca hubo posibilidades reales de ganarlas, pero en los campamentos nos repiten que las perdimos porque nuestra especie primero actúa y después, piensa. Pasión, la peor cualidad humana según el ORBICOP. En un inicio se armaron debates, liderados por los románticos, sobretodo. Yo me defino, enfáticamente, como uno, aunque la agrupación ya se haya disuelto hace mucho, acerca de las consecuencias positivas del arrebato, el arte, el sexo, el buen azar. Pero los cultivadores de la prudencia eran muchos y más eran, aun, los temerosos. Por algo perdimos las batallas, me dije cuando ya la había tomado del brazo. Mi rama atrapó su cintura fría, el momento en que pasó junto a mí y le hablé. Primero en italiano, el que dicen es el lenguaje del amor. Después en mandarín, en español, en ruso y en el dialecto universal del ORBICOP. En cuanta lengua sabía y se me ocurrió soltar saludos y frases sacadas de diálogos de película. Ella permaneció cabizbaja pero con los ojos vivísimos, atenta a los movimientos de la fila que ya congelaba sus pasos, que ya lanzaba voces guturales, ululares y alaridos porque dos humanos se habían tocado, y sus bacterias, sus peligrosas bacterias, empezaban a reproducirse de manera parasexual, conjugándose y bipartiéndose hasta, posiblemente, infectar la estrella y esa parte de la galaxia. Entonces, ambas filas del arca, la suya y la mía, rompieron en estampida, pisoteando, aleteando y dando saltos para ponerse a salvo de nuestro nefasto encuentro, y ni la voz neutra de uno de los vigilas del ORBICOP, que intentaba poner en orden desde los parlantes, pudo tranquilizar el pavor general de que de nuestro contacto nacieran millones de bebés humanos. Ella alzó su rostro de piedra y, por la forma alargada que tomaron sus ojos tras la falsa máscara de cal, me sonrió. Antes de que vinieran guardas estelares y médicos a someternos a un coctel intensivo de vacunas y enjuagues de alcohol que retrasarían nuestros vuelos y planes por quizás un par de años, juro que esa mujer soltó una risa suave y sonó como la mejor música que podía haber escuchado en la vida, mucho mejor que la sinfonía estelar a la que el ORBICOP aconsejaba estar atento. Muchísimo, muchísimo mejor.

SOLANGE RODRÍGUEZ 
Solange Rodríguez (Guayaquil, 1976) Gestora cultural, cronista y docente universitaria. Ha publicado cuatro libros de cuentos de tono fantástico y extraño: Tinta sangre (2000); Drakofilia (2005); El lugar de las apariciones (2007) y Balas perdidas (2010). También, tiene estudios en Literatura posmoderna y microrrelato, siendo antologadora del tomo de minificción Ciudad Mínima (2011).



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